|
Para Nurikosan El retorno del Dragón
Con cariño para Nurikosan, deseo que te guste.
ba a cumplir veinte años y nunca la habían tocado, al menos no en la forma en que necesitaba. Plantada frente al espejo de cuerpo entero, ataviada únicamente con su ropa interior, Shunrei parecía tan virginal como era. Manteniendo la vista a frente giró el cuerpo, primero a la derecha, después al lado contrario; estudiándose con ojo crítico. Poseía una figura esbelta aunque reconocía que unos cuantos centímetros de altura no le vendrían mal en absoluto. A lo mejor así dejaba de verse tan… infantil. Incluso su ropa interior era sosa y poco femenina, blanca con un pequeño lacito color naranja. Y sin embargo, cuando conseguía apartar de su mente todos aquellos aspectos negativos comenzaba a encontrar algunos puntos buenos. Para empezar su cintura era estrecha mientras que las caderas se ensanchaban ligeramente con una agradable curvatura. Tampoco podía quejarse de su pecho, lo tenía firme y con un tamaño proporcionado al resto del cuerpo; aunque eso sí, su forma de vestir no era la más adecuada para exhibirlo. Se acercó un poco más al espejo para estudiar sus facciones. Se sabía bonita pero ella desearía verse seductora en vez de dulce. Con un simple gesto se deshizo de la goma con que amarraba su largo cabello dejándolo caer sobre la espalda en una tupida cascada de puro ébano. Shunrei se quedó sin aliento; un grueso mechón de pelo quedaba anidado entre sus senos, resaltando sobre su pálida piel. No pudo resistirse a dibujar el mismo arco del cabello con un dedo, deslizándolo por la piel hasta que esta se erizó bajo el delicado roce. Sintió como sus pechos se endurecieron y los pezones resaltaban bajo el casto sujetador al imaginar lo que pensaría Shiryu si la contemplase en esos momentos con las mejillas encendidas y el púrpura de sus ojos resaltando todavía más al contraerse las pupilas. En la soledad de su habitación era más mujer que nunca, excitada por sus propias caricias cada vez más provocativas cuando en su mente eran las manos de él las que la recorrían con cadencia y lujuria. La fantasía era tan real que sus ojos se cerraron, abandonándose sus sentidos al placer y dejando escapar un lascivo gemido que no parecía pertenecerle. -¡Hola! ¿Hay alguien en casa? Shunrei se estremeció por completo convencida de que moriría de pura vergüenza. Ahora, la imagen del espejo que tanto le gustase, le parecía frívola y sucia. Indecente. La voz, despreocupada y saltándose alegremente el protocolo, sólo podía pertenecer a una persona. Mientras corría de un lado para otro de la habitación tratando de vestirse lo más rápidamente posible, escuchaba pasos por toda la planta baja. Por lo visto a Seiya no le bastaba con turbar su paz mental sino que necesitaba hacer lo mismo con la tranquilidad de su hogar. Terminó de abrocharse la camisa con un gesto cargado de energía realmente atípico en ella. -¿Shiryu? Shunrei sacó la cabeza de debajo de la cama donde se suponía debían estar sus zapatos y el espejo le devolvió una imagen totalmente diferente a la del minuto anterior. En esta ocasión tenía el pelo alborotado y la cara crispada por la molestia. Ahogó un gemido de frustración y se puso en pie tratando de volver a recogerse el pelo en la habitual trenza. Cuando encontró unas zapatillas negras cualquiera bajó corriendo por las escaleras, deteniéndose justo antes de los últimos peldaños para recobrar la compostura; se alisó la ropa, tomó aire y se dirigió a la cocina donde podía escuchar a Seiya. Encontrarlo removiendo y olisqueando la sopa que con tanto esmero preparase para Shiryu tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no ponerse a gritar. -Bienvenido a China. El japonés se giró con una gran sonrisa, expresando una genuina alegría por verla. -Shunrei, que guapa te ves. –Acudió a su lado para darle un amistoso abrazo con aquella manía suya de saltarse cualquier protocolo.- -Seiya... -Con un disimulado suspiro se dejó hacer antes de escurrirse discretamente- Me alegro de ver que estás bien, estábamos muy preocupados por la falta de noticias. -Sí, bueno, ya sabes, yo siempre estoy bien, soy duro de roer -contestó él, rascándose la nuca y tratando de ocultar una mueca llena de culpabilidad- ¿Y Shiryu, dónde anda? Shunrei esbozó una sonrisa sesgada. Como siempre, el japonés hacía gala de una falta absoluta de tacto e iba directo al grano. Cruzó las manos por delante para ocultar el temblor de estas. -Está en el río, a un par de kilómetros de la cascada, entrenando. Como siempre. -¿Nunca se aburre? Bueno, voy a ir a verle. ¿Qué tal está... ya sabes? La actitud relajada de ella se evaporó tan rápidamente como su sonrisa ante la impertinente pregunta. -Has esperado meses para preocuparte, espera un poco más y pregúntaselo a él. -Vale -fue la respuesta, ajeno a la crítica implícita en las palabras de ella.- Voy a buscarlo, te veo luego. Shunrei se guardó para sí misma lo que deseaba decirle y en cambio esperó a que saliese de la casa junto a la ventana, observándole en silencio desde allí y rezando a los dioses porque la perdonasen por sentir un odio tan profundo hacia aquel hombre.
ooOOoo
Seiya caminó hasta la cascada pateando una piedra, con las manos en los bolsillos, y la cabeza gacha. Deseaba tanto como temía el reencuentro con el Dragón. Cuando meses atrás, tras la última batalla contra Poseidón, decidió abandonarlo todo y partir una vez más en busca de su hermana; Seiya no volvió la vista ni una sola vez, ni tan siquiera para verle a él. Embebido en sus reflexiones, pronto llegó a la parte del río Lijiang que Shiryu usaba para entrenar cuando el maestro Rossi no estaba con él. En aquel punto la corriente era más fuerte y pegaba con fuerza contra las abundantes rocas sobresalientes, lo que lo convertía en un lugar ideal para desarrollar la musculatura de las piernas y el sentido del equilibrio. Tal y como esperaba allí estaba, tan hermoso como siempre. Venciendo la tentación de saludarlo de inmediato se quedó un rato observando cómo Shiryu entrenaba. Se le encogió el corazón al comprobar que la precisión no era la misma, la elegancia había desaparecido detrás de la inseguridad, cada golpe era certero pero sin embargo incierto. No acertaba a comprender la razón por la que su técnica recibiese tremenda involución pues en la lucha en el Templo Marino se hizo tan imprescindible como cualquiera de ellos. Respiró hondo y silbó. -¡Sigues siendo tan malo como siempre! El grito le hizo perder la concentración lo que le llevo a fallar el objetivo en el último instante y que la roca no solo permaneciese intacta sino que él se encogiese de dolor con un tirón en la pierna mientras trastabillaba y caía al agua apoyando ambas rodillas y manos. Seiya bajó hasta él en un par de saltos ocultando su preocupación y lo ayudó a levantarse con aire distendido. -¡Eres un desastre! -¡Déjame, puedo solo! –Shiryu rechazó su ayuda con un empujón. Bastante malo era haberse dejado sorprender al escuchar su voz al punto de perder por completo el equilibrio, como para encima permitir que le ayudase.- ¿Qué haces aquí, Seiya? –Preguntó, hosco, sorprendiendo al japonés. -¿Tú qué crees? He venido a verte. –Respondió dolido. -Te hacía en Irak. Los rumores decían que estabas buscando a tu hermana por allí, -No le dio tiempo a evitar por segunda vez que Seiya le agarrase por debajo del codo para sostenerle- ¿Vas a recorrerte todo el mundo tratando de encontrarla? -Se echó el pelo hacia la espalda con una mano y afianzó los pies en el suelo para no volver a caer antes de separarse de él. -Bueno, he decidido tomarme un descanso. Además, me apetecía verte, hacía mucho tiempo. Lo que no esperaba era una bienvenida tan fría y por cierto, ¿no podemos salir del agua? Se me arrugarán los pies. -¿Te has vuelto remilgado? –El chino dio un primer paso vacilante. Sus sentidos estaban embotados con la llegada de Seiya y no conseguía concentrarse en el sonido del río para localizar los obstáculos. Aún así, caminó sin esperar ayuda ninguna. -¿Remilgado, yo? Vamos, tú eres el exquisito, lo has sido siempre. Mira cómo te has puesto por un golpecito de nada... -Si te callas hasta que llegue a la orilla no necesitaré que me ayudes. Seiya frunció el ceño. Aquello no era bueno, a aquellas alturas el dragón debería poder orientarse en cualquier circunstancia. Cuando se fue lo hacía y eso no añadía más que preocupación por el evidente deterioro de Shiryu y eso le volvió imprudente y desconsiderado. -¿Ya has aprendido a cortar las cuerdas vocales de tu enemigo? –Preguntó con sorna- ¿O confías en su buena educación cuando le pidas que se calle? -Trabajo en ello –Fue la tosca respuesta- Tan solo me he distraído un poco. -Distraerte... No te lo puedes permitir, ya lo sabes. -Por supuesto –Masculló el chino. Continuó internándose en la espesura del bosque con paso cada vez más ligero sin saber muy bien si ansiaba más llegar a su destino o alejarse de Seiya. -Oye, ¿a dónde vamos? –Preguntó este al cabo de unos minutos. -Tengo mis cosas un poco más allá. -Pues vayamos, -Indicó Seiya con la familiar impaciencia que le caracterizaba.- Shunrei estaba cocinando algo que olía a gloria y yo me muero de hambre Shiryu sintió una punzada de arrepentimiento al no haber recordado hasta que el japonés lo mencionó su promesa de regresar al medio día a la casa. Ella se lo pidió el día anterior con tanta dulzura que no supo negarse pero llegado el momento lo olvidó. ¿Cuántas veces le hizo lo mismo en los últimos tiempos? Por desgracia ya había perdido la cuenta y el remordimiento empeoró su humor normalmente tan apacible. -Vuelve tú, yo no iré hasta el anochecer. -Giró con confianza dejando a su derecha un enorme árbol; unos cuantos metros más y llegarían al claro donde guardase todas sus cosas. Tan solo necesitaba centrarse un poco y con ello su capacidad de percepción aumentaría con creces. -No, me quedo contigo, al fin y al cabo he venido a verte- Contestó Seiya ya sin poder esconder la decepción en la voz, acompañada por un sonoro gruñido de su estómago que casi hizo sonreír a Shiryu. -He traído algo de comida, podemos compartirla. -¡Estupendo! -contestó Seiya, más alegre- Así no perdemos el tiempo y podemos entrenar juntos. -Sí, podemos -Afirmó el chino sin demasiado entusiasmo. En ese momento llegaron al lugar donde dejase sus cosas, se acercó a un árbol con el tronco hueco y metió la mano en él. El escondite no era muy original pero servía; no le preocupaban los ladrones sino los animales hambrientos de las cercanías.- Ven, sentémonos. -Se dejó caer sobre el suelo apoyando la espalda contra el tronco y abrió la bolsa para sacar la comida. Seiya se dejó caer a su lado, arrebatándole la bolsa de las manos para husmear en su interior. -¿A ver qué has traído? Uf, sigues igual de frugal que siempre, ¿por qué no puedes comer como las personas normales? Así estás de flaco. –Se llevó una galleta a la boca y la masticó sin prisa, reflexionando antes de hablar- ¿Por qué no quieres entrenar conmigo, Shiryu? Seiya le soltó a bocajarro la pregunta pero ni la verborrea ni la insidiosa pregunta de su amigo le pillaron desprevenido. Así era él, directo, insensible, insoportablemente intuitivo. El chino se tomó su tiempo para responder, calibrando sus opciones; sinceridad u orgullo. Igualmente no le quedaban demasiadas opciones pues bien sabía que no iba a dejar de ser interrogado hasta que le diese una respuesta satisfactoria al Pegaso. Así pues, decidió acortar la agonía y responder tan sinceramente como pudiese. -Mis habilidades han mermado, ya lo has visto. –Él, sin embargo, agradecía no poder ver su expresión en esos momentos.- Solo perderías tu tiempo. -Ni mucho menos, -le interrumpió Seiya, indignado por sus palabras- me gusta pasar tiempo juntos y entrenar contigo. –Shiryu agradeció interiormente la fidelidad que le mostraba pero no que le mintiese tan descaradamente.- De todas maneras creo que sigues siendo un adversario temible. -Y tú tan mal mentiroso como siempre. –Soltó sin una pizca de humor- Pero dime, ¿has encontrado alguna pista sobre Seika? –preguntó tratando de aligerar el ambiente. -Nada de momento, cada vez que creo haber encontrado un buen indicio al final no me lleva a nada. -suspiró Seiya- Y no me ha quedado más remedio que volver, -Aquello sí que le dolió al Dragón pues pensaba que la naturaleza de su vuelta era de otra índole.- Saori me llamó, no sé qué puede ocurrir. -Si te ha convocado deberías estar en Grecia, no aquí. –Dijo algo resentido. -Prefería pasar por aquí antes. De todas maneras deberías acompañarme. -¿Yo? No sé por qué razón. Es a ti a quien Atenea –Remarcó el nombre de la diosa recriminándole que continuase llamándole por su nombre de mortal- ha llamado. -Es igual, ya sabes cómo es, al final nos llamará a todos y si vamos juntos no será tan aburrido. Oye, ¿no será que estás celoso? -¿Celoso? -Rió suavemente- Eso es completamente ridículo, tú has sido siempre su favorito y el resto lo aceptamos de buena gana. Te lo has ganado con creces. -Entonces ¿por qué no vienes conmigo? -el tono del Pegaso se volvió más suave- Te he echado de menos. Shiryu jugueteó con la manzana entre sus manos, afectado por el tono empleado por Seiya. Él también lo extrañaba, terriblemente, pero extrañarlo era mejor a sentirse inferior a él, o incluso peor, rechazado por su incapacidad. -Si me necesita me hará llamar, entonces iré. -¿Y si te necesito yo? -protestó Seiya, dolido por su indiferencia. -¿Me necesitas? -Preguntó con calma. -Ya sabes que sí. -Si es como amigo aquí me tienes, como siempre. Como guerrero... los tiempos cambian. -¿Quieres decir que ya no piensas estar ahí guardando mi espalda? Si Saori nos llama porque vaya a ocurrir algo, yo no puedo ir a una batalla sin ti a mi lado, Shiryu. El chino acusó el golpe lo mejor que pudo pero controlar su expresión no mermaba el molesto sentimiento de culpabilidad que le provocaba Seiya con sus veladas acusaciones. -No es que no quiera guardar tu espalda, es que ya no puedo hacerlo. -No me cuentes historias, sobre cosas más difíciles hemos pasado. –El japonés se mostraba más irritado por momentos- Me salvaste la vida en la Casa de Géminis precisamente porque no podías ver, así que no me vengas con que ya no eres capaz de luchar. Shiryu se giró hacia él y tomó su rostro con ambas manos, recorriendo sus facciones con suavidad. -¿Cómo te has sentido al verme en el río? Sé sincero. -Has cambiado -reconoció Seiya- Antes eras preciso y elegante, eso lo has perdido. Pero no me has parecido menos efectivo. Y lo peor que he visto es que tenías miedo de no acertar; eras tú mismo el que frenaba cada golpe al final, si recuperas tu seguridad volverás a ser tan letal como siempre; quizá no tan elegante, pero igual de letal. -Tus palabras rezuman confianza -le pasó un dedo por el entrecejo- pero luces preocupado. No estoy tan ciego como para no leerte tan bien como siempre. -Pues claro que me preocupo, idiota. –Seiya cubrió las manos de Shiryu con las propias, acariciándole el revés.- Si tú mismo te pones trabas, tendrás más dificultades de las que la ceguera te pueda poner por delante. -El maestro piensa que es hora de pensar en descansar. –Respondió un compungido Dragón. -¿Que qué? –Los dedos de Pegaso se tensaron sobre la piel del chino- Un momento, ¿qué estás diciendo? Shiryu rompió el contacto y deslizó los dedos por el flequillo de Seiya antes de soltarle el rostro. Transmitía calma y aceptación. -No he dicho que yo esté de acuerdo. En realidad tan solo me lo ha dado a entender pero sé que se preocupa por mi incapacidad. -¿Qué incapacidad? ¡Escúchate! ¡No es una incapacidad! Es una particularidad y ya está, sólo es cuestión de saber cómo combatir en esas condiciones. ¡Y si tu maestro no sabe cómo enseñarte a hacerlo, entonces el que es un mal maestro es él! -¡Basta! -El Dragón se puso en pie de improviso, dándole la espalda, con los puños apretados contra el cuerpo- No te permito que hables así de mi maestro, tenle el respeto que se merece. Seiya se puso en pie y permaneció a la espalda de Shiryu, cubriéndole los puños con los propios. -¿Eso me lo dices a mí o a ti mismo? -Soy yo quien le ha fallado como alumno, no al contrario. Si de algo peca es de demostrarme demasiado afecto. -Eso no es verdad. ¡Cualquier guerrero puede salir herido en batalla! Hasta ahora tú has seguido peleando con valentía, y eso te hacía aún más valioso. ¡Pero ahora te has rendido! -¿Y por qué no, quién dice que no puedo hacerlo? –Preguntó, auque Shiryu no esperaba respuesta alguna. -¡Yo lo digo! ¡No tienes derecho a rendirte! -¿Por qué? –Estalló- ¿Porque eso significaría que tú has fallado? –Shiryu se volvió a encararlo incluso sin poder verle pero el gesto le era tan natural que no tuvo dificultad alguna en dirigir su mirada directamente a los ojos del japonés- No todos tenemos tu resistencia y fe, Seiya. -¡Ni resistencia ni fe, -gritó- a mí también me fallan! ¡Yo no conseguí devolverte la vista, pero si ahora tú te rindes estarás reconociendo mi propio fracaso y sí, entonces no tendré ni resistencia ni fe! ¡Yo no puedo seguir luchando si tú no estás a mi espalda, ya te lo he dicho! -Eres más fuerte que ninguno de nosotros, si tú no eres capaz de luchar solo como podemos aspirar a hacerlo el resto de nosotros. -¿Quién ha dicho que tengáis que luchar solos? ¡Yo estoy aquí, Shiryu, estoy aquí para ti y confío en ti como siempre! Ciego o no hemos luchado y hemos vencido y volveremos a hacerlo, pero sólo si tú no te rindes. El Dragón deseaba perder los estribos por una vez en la vida, echarle en cara todo el tiempo en que desapareció de su vida por mucho que le necesitase, haciéndole perder la esperanza. Ahora estaba a su lado pero ni siquiera pensaba quedarse y él solo… Simplemente no podía decirle todo aquello. -No me he rendido pero tampoco buscaré luchar si no es necesario. -¿Es que alguna vez hemos hecho tal cosa? -contestó Seiya, con tristeza -No estoy seguro de que se nos necesitase en todas las luchas que hemos librado, hay caballeros mucho más poderosos que nosotros bajo las órdenes de Atenea. Que seamos los que le hemos mostrado mayor fe no significa nada en absoluto ante un enemigo sanguinario. -A esos caballeros poderosos los vencimos uno detrás de otro porque tuvimos más fe. ¿Qué pasará si esa fe vuelve a fallarles? -No fallarán de nuevo. Su fe flaqueó al ser demasiado intensa, por creer demasiado en algo que no se les permitía ver, imagina lo que harán si alguien trata de dañar a una diosa de carne y hueso que vive entre ellos. -¡Pero esa no es la cuestión, Shiryu! ¿Desde cuándo permitimos que sean otros los que luchen batallas que también son nuestras? -No son nuestras si no nos son asignadas. –Objetó. -Como Caballeros de Atenea, cualquier batalla contra la diosa o la Humanidad nos es asignada sin necesidad de que nos lo digan directamente. Pero eso... tú ya lo sabes, ¿verdad? -Sí, lo sé. Pero eso no cambia el que estemos en época de paz y hayas sido tú el único convocado en Grecia. Mi presencia allí sigue sin parecerme necesaria. -Es necesaria para mí, pero no insistiré más -claudicó Seiya. -No me has necesitado durante meses. -Eso no es verdad. -Bien, entonces no has querido verme durante meses. –Insistió el Dragón. -Tienes razón -confesó Seiya, para quien mentir era tan imposible como respirar debajo del agua- Te he dejado de lado. -Lo sé, al igual que tus razones. Lo que no comprendo es por qué vuelves ahora con estas demandas ilógicas cuando las circunstancias no han cambiado. -Respondió serenamente. -Sí han cambiado para mí. –Alegó Seiya en una muestra más de su infantil egoísmo- Supongo que he conseguido asumir que no fui capaz de devolverte la vista; ha sido difícil aceptarlo. -Eso no servirá de nada mientras no asumas que no era tu responsabilidad hacerlo. -¡Claro que lo era! ¿No significa eso ser amigos, que ayudarnos es nuestra responsabilidad? -Ayudar a los amigos es un deseo desinteresado, nunca una responsabilidad. El japonés hizo una mueca de exasperación ante la retórica de su amigo al que prácticamente nunca lograba vencer en una batalla verbal. -Ayudar a los amigos es una necesidad. –Frunció el ceño al entrever el verdadero significado en las palabras de Shiryu- ¿O acaso insinúas que si quiero ayudarte es por propio egoísmo? -Nunca pensaría algo así pero debes aceptar que no eres capaz de aceptar la derrota en ningún ámbito. El deseo de ayudarme se ha convertido en una necesidad de victoria para ti. Por eso has pasado todo este tiempo alejado de mí, de tu fracaso. Seiya meditó unos momentos sobre lo que Shiryu decía; a lo lejos, un par de pájaros salieron de la copa de un árbol persiguiéndose y desaparecieron entre las colinas. -No es del todo así -dijo al final el Pegaso- No digo que no tengas parte de razón, pero en parte también tenía miedo. Tenía miedo de comprobar que habías perdido la esperanza y el valor, además de la vista. -Si esos eran tus temores debiste venir mucho antes -Por primera vez la respuesta del chino fue seca y dura- No puedes aparecer aquí de pronto, asumir que tus temores eran infundados y pedirme que cuide de tu culo batalla tras batalla como siempre. Eso si es que en verdad te has convencido de que no me he convertido en un cobarde. Seiya apretó los puños. -Si mis temores fueran infundados no haría falta que te pidiera que vinieras conmigo. Los dos sabemos que te estás dando por vencido. -No es cierto. Sigo entrenando incluso aunque tenga que hacerlo solo y me vuelva cada vez más torpe porque tengo esperanza. Pero esta vez no puedo acompañarte, es imposible para mí luchar a tu lado sin saber si seré capaz o no de guardar tu espalda mientras que tú corres de un lado para otro confiando ciegamente en que podré con todo. -¡Es que puedes con todo! –Shiryu negó con la cabeza sin poder creer la visión que tenía Seiya de él pero le dejó continuar sin decir nada- ¿No pudimos atravesar la Casa de Géminis gracias a ti? ¿No derrotaste a DeathMask de Cáncer y Shura de Capricornio sin ayuda? ¡Yo no tuve que derrotar a un sólo dorado! Los tres contra los que me enfrenté se retiraron de la lucha por propia voluntad en uno u otro momento. ¿De qué me sirvió a mí la vista? -Todo ello ocurrió en circunstancias especiales. DeathMask fue abandonado por su propia armadura, la Casa de Géminis tiene sus reglas únicas apartadas del mundo y tuve que suicidarme para convencer a Shura de que estaba equivocado. Dime, ¿dónde está la gloria en esas batallas? -¿Qué importa la gloria? ¡Venciste! ¡No se nos pide más! -Tienes razón. -claudicó, poco dado como era a discutir inútilmente, sobre todo con alguien tan obtuso como era Seiya a veces- El potencial de nuestro cosmos es infinito y desconocido pero no pondré tu vida en peligro mientras no sea capaz de hacerlo arder con la misma fuerza de antaño. -Si no vienes es como mi vida estará en peligro. No puedo luchar si sé que tú no eres capaz de entrar al campo de batalla porque yo no he sido capaz de infundirte ni la vista ni la confianza. -¡No me uses como escudo contra tus propios miedos! Estalló el chino. -¿Cómo puedes decir tal cosa? -¿No es lo que haces? Huyes de mí por no ser capaz de devolverme la vista y huyes de la batalla por no ser yo capaz de acompañarte. ¿Qué es lo que te ocurre, Seiya? Tú no eres así. -¡Es que tengo miedo! ¡Es la primera vez en toda mi vida que me enfrento al fracaso, y las consecuencias las está pagando alguien a quien quiero más que a mi propia vida, y no lo puedo asumir! -Seiya... El rostro siempre sereno del chino se tornó intensamente triste. Las palabras de Pegaso le conmovían hasta lo más profundo de su ser pero no sabía como hacer para ahuyentar su propia pena. Le pasó la mano derecha por la nuca en un gesto mucho más firme y rápido que cualquiera de los que hubiese hecho en mucho tiempo y lo atrajo hacia sí. -Ya lo intentamos -le susurró al tenerlo firmemente abrazado- y no funcionó. El Pegaso lo rodeó con los brazos y lo apretó contra sí con fuerza, consciente de que Shiryu ya no se refería a la batalla sino a ellos dos. -¿Y una sola derrota ha sido suficiente para que nos diéramos por vencidos definitivamente? -Si no lo logré antes como hacerlo ahora que soy menos en todos los sentidos. -Pero ¿quién dice que eres menos? Realmente no debí dejarte sólo. ¿Dónde está tu fe? –preguntó lleno de cólera. -Se fue contigo -confesó quedamente, erradicando con ello las viscerales emociones de Pegaso. Los puños de Seiya se crisparon sobre la ropa de Shiryu. -Perdóname... -Mi fe y fuerza no deberían depender de otros. –Objetó el chino, apretando los brazos alrededor de él- Siempre he querido seguirte, ayudarte, estar a tu altura. Mi propia derrota ha sido no poder conseguirlo. -¿Cómo puedes decir eso cuando soy yo quien te ha dejado en la estacada? Te he abandonado. -Seiya levantó la cabeza y se secó las lágrimas con un gesto brusco- Pero no nos vamos a hundir, vamos a salir adelante sobre esto y lo vamos a superar, los dos, juntos. -¿Por qué lloras? -Maldijo su suerte por ser capaz de ver tan solo sus lágrimas cargadas de sentimiento. Hacía demasiado tiempo que se le negaba el rostro de aquel hombre, no era justo que solamente percibiese su dolor- Si crees en esas palabras no llores, demuéstrame que son ciertas. -No puedo demostrártelo si tú no quieres que te lo demuestre -protestó Seiya, en voz baja- Y te estás negando a ello desde que he llegado. Shiryu rió. Aquel sí que era su pertinaz amigo al que tanto extrañase. -Me he negado a acompañarte, no a que tú te quedes. –le contradijo. -Puedo quedarme a intentar demostrártelo. -contestó Seiya, enredando los dedos entre las largas hebras oscuras que caían por la espalda de su compañero- Pero no servirá de nada si luego no vienes conmigo. -Sigues siendo tan impaciente como siempre. -Y él continuaba erizándose con la misma facilidad cuando Seiya le acariciaba de esa forma; haciéndole olvidar todo lo que no fuese su contacto. -La vida es corta; para nosotros más. No me gusta perderla en medio de dudas, tenemos la obligación de aprovecharla mejor que nadie. -fue la respuesta, mientras sus yemas dibujaban el vello erizado del chino. -Así que me estás diciendo que tengo la obligación de intentarlo otra vez. -Shiryu llevó los labios al cuello de su amigo, arqueando la espalda al tener que agacharse ligeramente- ¿Pero qué exactamente es lo que quieres que intente? -Estar conmigo -los labios de Seiya dejaron escapar un suspiro ante la caricia- Como hombre, como amigo. Como guerrero. -Tan exigente como siempre... -Las manos del Dragón acompañaron sus besos al deslizarse bajo la ropa para acariciar lentamente los músculos de su espalda. Sus dedos se deslizaban con precisión, conocía tan bien aquel cuerpo y a su dueño que tan solo necesitaba guiarse por el instinto que ahora le faltaba en la batalla. Pero aquello no tenía que ver ni con muertes ni guerras sino con el hombre que lo era todo para él. -¿Exigente? –Repitió Seiya- ¿Qué exijo que no sea lo que siempre hemos tenido? ¿Cuándo hemos estado separados? -inquirió, levantando los brazos para permitir que el dragón le quitara la prieta camiseta roja- Hemos estado juntos desde que puedo recordar, da igual que fuéramos dos críos haciendo travesuras o dos hombres compartiendo el placer. Hemos tenido un bache pero no podemos permitir que eso nos separe ni nos hunda; eso no es ser exigente, es seguir adelante. ¿Un bache? Shiryu adoraba su capacidad de síntesis, la facilidad conque ridiculizaba una separación de meses. Tiró a un lado la prenda recorriendo con codicia cada uno de los músculos del marcado vientre del japonés, hundiendo los dedos en la oscura piel que tanto contrastaba con la propia. La primera gota de agua cayó sobre su mano izquierda y le hizo levantar el rostro para recibir una segunda en la mejilla. Pronto, una lluvia intensa les cubría calándoles hasta los huesos y el chino tan solo podía sonreír deleitado. Si fuese tan sencillo librarse del pasado como de la suciedad que abandonaba ahora su cuerpo... Bajó la cabeza sabiendo perfectamente lo que encontraría; sí, allí estaba, el mayor de los regalos que la Naturaleza le hacía. Cada una de las gotas que caía y rebotaba sobre el rostro del japonés dibujaba sus facciones para que Shiryu pudiese verlo. Un pequeño milagro que se producía al apreciar las ondas creadas al chocar las gotas de agua contra cualquier objeto físico; sus oídos recogían el sonido de cada una de ellas formando una imagen clara de su mente del objeto en cuestión. Ver a Seiya, que enorme regalo. Se separó de él un par de pasos hacia atrás y le contempló. -Hacía demasiado tiempo... -Siempre hace demasiado tiempo -fue la impaciente respuesta, agarrándolo Seiya de la muñeca para atraerlo de nuevo hacia sí. El japonés conocía la capacidad de Shiryu para ver cosas a través del sonido o el cosmos por lo que no le sorprendió su actitud, al contrario, era lo mejor que podía sucederle si quería convencerle para que viajase con él. Si sus razonamientos no eran suficiente apelaría a la emotividad. El Dragón volvió a acoplarse a él con gusto, haciéndole caer al suelo con suavidad sin importarle a ninguno de ellos estar empapándose. No podían pensar siquiera en esperar a encontrar un lugar seco donde poder dar rienda suelta a sus deseos y Seiya sabía que Shiryu nunca le llevaría a la cabaña donde Shunrei esperaba con ilusión. No, pensar en ella no era una opción, nunca lo fue; suficientes años disfrutó de la presencia del Dragón y Seiya ya no podía dar marcha atrás en su decisión de exigir su compañía. Pegaso se movió para hacerle hueco, formando los dos cuerpos un todo perfecto que habían aprendido a constituir hacía tanto tiempo que ya ninguno de los dos recordaba ni cuándo ni como; simplemente había sido lo más natural, el paso siguiente a dar, y los dos trataron el momento con sencillez hasta llegar a aquel punto, en el que después de haber vivido privados el uno del otro más tiempo del soportable, estaban de nuevo unidos al otro formando un sólo cuerpo y una sola alma. Shiryu se movió para cubrirle con su cuerpo y metérsele entre las piernas, impaciente. Solamente en sus encuentros se mostraba de aquella forma, ansioso por saborearle, poseerle por completo. Seiya era el único que lograba arrancarle su natural estado de serenidad para convertirlo en un hombre hambriento y entregado. La primera vez que sus labios se unieron ninguno de los dos pudo imaginar cual sería la trascendencia de sus actos o la forma en que estos acaecerían. En aquella ocasión, lo que comenzó como un juego lleno de curiosidad, dio paso a una pasión tan intensa que los consumió a ambos con tanta violencia que ni en la actualidad se había apagado. Que confundido se sintió Seiya cuando su amigo, el que siempre se mostraba tímido y dispuesto a seguirle en cualquier fechoría, se comportaba ahora como un joven ardiente y seguro de si mismo. Fue todo un shock para él que Shiryu diese el primer paso para despojarle de la camiseta sudada y llena de barro por el entrenamiento, o que no dudase en contemplarle largamente siendo él quien se sonrojase por ello. Cuando su amigo levantó el brazo para apoyar la palma de la mano completamente abierta sobre su torso una corriente eléctrica le dejó paralizado y deleitado a un tiempo; y tan solo logró recuperarse al notar un temblor muy similar al suyo proveniente de la mano de Shiryu. Cuando el nerviosismo de ambos se hizo patente, Seiya logró relajarse. La persona con la que estaba compartiendo un momento tan especial como extraño era su amigo de la infancia, su compañero de entrenamientos, su rival, su compañero; y por sobre todas las cosas la única persona capaz de hacerle soltar las riendas y dejarse guiar con una fe inquebrantable, absoluta. Así fue al comienzo y así seguía siendo. Dio un respingo al apreciar la delicada succión en sus pezones, Shiryu estaba jugueteando con ellos al tiempo que una mano se deshacía de sus pantalones ya que los de Seiya habían desaparecido mientras este se encontraba consumido por los recuerdos. El japonés ahogó un gemido y todo su cuerpo se arqueó buscando un mayor contacto con la húmeda lengua del Dragón que se deslizaba sin complejos hacia la zona de su vientre, deteniéndose solo un instante en la ingle. Cuando las manos de Seiya se enredaron en su cabello y tiraron hacia abajo demandando caricias más íntimas Shiryu creyó volverse loco. Dejó la ternura a un lado y llevó ambas manos a las nalgas de Pegaso para levantarle las caderas, teniendo tan solo la boca para chupar, lamer y succionar los testículos antes de hacer desaparecer el erecto miembro entre sus labios y recorrerlo por entero. Puso tanto énfasis en ello, disfrutó tanto que ni siquiera notó el sabor agridulce del presumen hasta que Seiya le alejó de un fuerte tirón y le obligó a levantar la cabeza. -Así no… dentro… El Dragón alargó un poco más la agonía de los dos al introducir la lengua entre las nalgas de Seiya hasta invadir su esfínter, humedeciéndolo y abriéndole poco a poco obteniendo a cambio largos gemidos de placer que inundaron sus oídos. El japonés se retorcía entre sus manos pero su entrega era completa y en ningún momento trató de adelantar los acontecimientos. Cuando lo penetró con un dedo se abrió todavía más para él, afianzando con fuerza los pies en la tierra empujaba hacia abajo para sentirle lo máximo posible, rogando ser penetrado por un miembro de un tamaño considerablemente mayor. Shiryu fue incapaz de resistirse por más tiempo pero tras hundirse en él con un único golpe de caderas prácticamente se echó a llorar al perder la visión de su rostro. Al cubrir a Seiya con su cuerpo le resguardaba de la lluvia y por tanto se le negaba su rostro una vez más. Sin embargo, el japonés percibió su congoja y lo cobijó entre sus brazos impidiéndole moverse de momento, limitándose a besarlo largamente hasta que de nuevo el deseo nubló cualquier otro sentimiento. -Ven conmigo, Shiryu, por favor. La súplica del japonés quedó sin respuesta y a él le faltó el aliento para repetirla cuando el Dragón le recordó por qué era el único que lograba poner todo su mundo del revés.
ooOOoo
Seiya se removió bajo el cuerpo exánime de su compañero, el cuerpo todavía entumecido por el placer tan recientemente recibido. Shiryu le susurraba algo al oído pero tenía los sentidos tan embotados que no fue capaz de comprender lo que decía. -Perdona, no te he escuchado bien. –ahogó un bostezo al tiempo que se estiraba bajo él. -He dicho que pescaremos una pulmonía si nos quedamos aquí. –Mintió el Dragón. Si no había escuchado que le amaba era culpa suya por entero y no iba a repetirlo tan pronto. Las ocasiones en que le regalaba esas dos palabras eran muy escasas y solamente salían de sus labios cuado las emociones le abrumaban. Pasado el momento era incapaz de repetirlas así que Seiya debería esperar un poco más para volver a recibirlas. Aunque estas llegarían, indudablemente. -No me importa compartir una pulmonía contigo. –Replicó ajeno a lo que acababa de perder- Así tendré una excusa para quedarme unos días. -¿Piensas partir tan pronto como te suelte? –Shiryu se incorporó ligeramente apoyando parte de su peso en un codo. -No, pero no puedo demorarme demasiado. No creo que Saori me haya convocado para tomar un café. El chino no pareció apreciar la broma, al contrario, se mostró evidentemente molesto. -¿Y en ese breve lapso de tiempo pensabas lograr algo entrenando conmigo o tan solo esperabas salirte con la tuya? -Replicó, algo dolido y con los sentidos aún revueltos. Seiya lo apartó con suavidad pero con firmeza, conocía de sobra los arrebatos de su compañero tras compartir un momento tan íntimo, su hipersensibilidad momentánea, como para no saber cómo capear la tormenta sin resultar dañado en el proceso.. -Esperaba que me acompañaras, ya te lo he dicho, y nunca definiría un entrenamiento contigo como tiempo perdido. Shiryu no se tomó demasiado bien el ser apartado tan prontamente pero lo aceptó quedando sentado junto a él, respetando su espacio sin perder el contacto por completo. -Pues obviamente no te queda tiempo para entrenar y yo no pienso ir a ningún lado. Seiya apretó los puños, frustrado y desorientado a un tiempo. ¿Acaso se había equivocado al pensar que una vez retomasen su relación Shiryu sería incapaz de dejarle marchar de nuevo? -¿Por qué, Shiryu? -Porque no estoy preparado, -fue la rápida respuesta- ¿es que no has escuchado nada de lo que te he dicho? -No. Lo escucho pero no lo creo. Si no estás preparado ahora, es posible que nunca llegues a sentir que lo estás. -Por qué no eres capaz de entenderlo. –Le costó un tremendo esfuerzo mantener un tono de voz bajo y pausado- Lo que hicimos en las últimas guerras lo conseguimos porque estábamos alerta, en óptimas condiciones físicas. Yo he pasado demasiado tiempo relajado, sin nadie que me rete para mejorar o que me indicase que puntos débiles debía reforzar. Me he vuelto más débil y hasta que no encuentre la forma de recuperar todo mi poder no puedo ir contigo y ponerte en peligro. Me niego a perderte por mi debilidad. -¡Me perderás por la mía propia! -Seiya se impulsó sobre los brazos hasta apoyar la espalda contra el tronco del árbol- He fracasado dos veces, no tengo la certeza de no volver a hacerlo en batalla. Nunca había tenido miedo de luchar, pero esta vez es diferente. Los ojos del Pegaso se perdieron en el horizonte, su rostro cansado pero sin rastros de amargura a pesar de sus palabras; palabras que tenían paralizado y aterrado al chino pues nunca antes salió nada parecido de su boca. -Ya no me siento invulnerable; -Shiryu apretó los ojos con fuerza, ahogando un gemido de puro pánico- será por eso, porque ahora sé que las circunstancias sí pueden vencerme a pesar de todo, pero siento que no voy a sobrevivir a la guerra que se avecina. Que ya nada va a volver a ser igual para mí. Un miedo incontrolable terminó por internarse en el Dragón sin que este pudiese hacer nada por evitarlo y antes de que Seiya terminase se encontraba de nuevo abrazado a él y exigiendo nuevos besos de su boca. -No digas eso, jamás te des por vencido porque si tú lo haces qué nos queda a los demás. -Alternaba los demandantes besos con suaves caricias en su rostro, gestos tan inconexos como sus pensamientos- Tienes que sobrevivir o nada valdrá la pena. No me hagas sentir más inútil de lo que ya lo hago, por favor. -No pretendo eso. –Seiya estaba perplejo por su reacción tan visceral- Como tú has dicho, la seguridad de uno no es responsabilidad del otro, Pero en parte he venido a verte sabiendo que si no venías conmigo, esta sería la última vez que nos veríamos. Bueno, quiero decir -agregó, tan en su línea como siempre-, que yo te vería, quiero decir, ya sabes. -Es tarde para preocuparse por los tecnicismos –Espetó, casi aliviado por tener una excusa para desterrar el miedo y esconderse tras la ofensa- Además, qué te hace pensar que se avecina una guerra, quizás te asignen otro tipo de misión. –Especuló esperanzado- Tienes la mala costumbre de adelantarte a los acontecimientos. -Es verdad -Seiya se rascó la nuca, riéndose de sí mismo- Hyoga me está pegando el pesimismo. Shiryu le acompañó en la sonrisa aún sin saberlo. -Es más, ahora tienes otro motivo para mantenerte vivo además de encontrar a tu hermana. Me tienes a mí, si es que lo que me has pedido antes no era tan solo una mentira para seducirme -Le picó.- Soy incapaz de mantener una relación con un muerto. -Eso me tranquiliza -ironizó el japonés, incorporándose- Odio decirlo, pero debería ponerme en camino. -Pronto anochecerá, puedes partir mañana. Seiya suspiró. El objetivo de su viaje le era denegado pero jamás diría que todo había sido en balde; nunca mientras lo tuviese a él de una u otra forma. -Eres una mala influencia. Nunca puedo decirte que no a nada. Vale, pasaremos esta última noche juntos. -Es la primera vez que me acusas de influenciarte mal. -Se puso en pie y tiró de él para ayudarle- Ayúdame a buscar mi ropa. -No, encuéntrala tú -repuso Seiya con naturalidad- Es cuestión de memoria. Shiryu resopló y comenzó a buscarla, perdiendo de pronto la seguridad y naturalidad en sus movimientos. -El problema no es la memoria -se agachó alcanzando los pantalones- Lo sabes muy bien. Seiya lo agarró de la muñeca y lo obligó a levantarse. -Es la memoria, es el oído. De la vista no vamos a volver a hablar, porque no la tienes y punto; eso hay que asumirlo, si algo te falla ahora son los otros sentidos. Y en este caso es la memoria -le quitó el pantalón de la mano y lo arrojó lejos, dejando de hablar- Y ahora, el oído. -¿Por qué has hecho eso? -El Dragón se mostraba bastante irritado, olvidando temporalmente lo preocupado que se encontraba por la actitud de Seiya.- No es necesario que me pongas a prueba a cada paso que doy. -No te estoy poniendo a prueba, intento ayudarte. Cualquier momento es bueno para entrenar. -Es que nunca vas a relajarte, a algunos nos gusta tener un poco de tranquilidad de vez en cuando. -Shiryu... en realidad quieres superar esto, ¿verdad? –La duda rezumaba en su voz- Porque no sabemos cuanto tiempo tenemos, y deberías aprovechar todo el que se nos dé. -¿Me estás preguntando si quiero ser útil o no? Ni tan siquiera tú puedes llegar a ser tan zoquete. -¡Es que no lo tengo claro! -protestó el Pegaso- Dices que sí, pero si te intento ayudar piensas que te estoy poniendo a prueba o dices que quieres estar tranquilo. -No todos necesitamos ponernos a prueba o sentir nuestro cuerpo lleno de adrenalina las 24 horas del día. -No te entiendo, Shiryu. No es una cuestión de mejorar. Debes volver a tener confianza en ti mismo y volver cuanto antes conmigo, ya que no quieres hacerlo ahora. -Para ser un hombre con tanta fe a veces te muestras realmente necio. El Dragón le dio la espalda, todavía molesto, por lo que necesitó algún tiempo para concentrarse en los sonidos que le rodeaban. Mientras las lluvia continuase cayendo le sería fácil localizar cualquier cosa, simplemente debía aislar los sonidos y encontrar el más amortiguado, aquel que provocaba el agua al contacto con la tela. En muy poco tiempo ya se estaba dirigiendo hacia la zona donde se encontraban los pantalones con una mezcla de satisfacción y ridículo al saberse manipulado por las palabras de Seiya. No se los había puesto todavía cuando escuchó al japonés moviéndose por todo el claro, soltando zapatos aquí y allá creyendo que el chino no se daría cuenta pero muy pronto le demostró que se equivocaba. -¿Lo ves? -le dijo Seiya, con orgullo- Yo tenía razón. -Has ganado, enhorabuena -respondió con acritud.- ¿Podemos volver ahora? -¿Desde cuándo estamos en guerra para que si uno gana no lo hagamos los dos? -Santa Atena, a veces no sé si eres demasiado retorcido o inocente. Nunca hemos estado en guerra -aclaró. -Entonces el que tú mejores es un beneficio para los dos, porque significa que pronto estaremos juntos otra vez. Porque quieres estar conmigo, ¿verdad? -preguntó el Pegaso, con ansiedad mal disimulada. Shiryu caminó hacia él y espero a tenerlo al lado para contestar con sencillez. -Llevo toda una vida a tu lado, no quiero que eso cambie. Seiya respiró profundo y sonrió aliviado, aún sabiendo que Shiryu no le vería. -Entonces te haré entrenar muy duro, para que ese cambio sea lo más breve posible. -Pensaba que te ibas mañana. -Preguntó, con la leve esperanza de un cambio de planes. -Así es -contestó Seiya, despreocupado como siempre- Pero tenemos toda una noche por delante para avanzar. -No -se negó categóricamente- Me pasaré los próximos días sin dormir si es necesario, solo entrenaré, pero esta noche vas a ponerme al día de lo que has hecho durante todos estos meses. -El tono del chino indicaba que no cedería en aquel aspecto y, sabiendo lo severo como era consigo mismo y los demás, a Seiya no le quedaría más remedio que dejarse llevar.- Solo unas horas no son suficientes para recompensarme por tu ausencia. -Sólo he entrenado y buscado a mi hermana; he tenido éxito en lo primero, en lo segundo no. ¿Por qué no quieres que usemos el tiempo para entrenar? ¿Para mejorar, para hacer este camino juntos? -Porque esta tarde he tenido junto a mí al guerrero y al amante y ahora quiero disfrutar de una buena cena con mi amigo. Seiya sopesó la posibilidad de insistir en que debían aprovechar el tiempo que les quedaba al máximo pero no era tan ingenuo como para creer que podría hacerle cambiar de parecer una vez que tomaba una decisión. No le quedaba más remedio que confiar en él y esperar que se reuniese a su lado en l momento adecuado, algo que le resultó extremadamente sencillo. -Entonces vamos. -Seiya... –Le agarró por el brazo deteniéndole a su lado. -¿Qué? -Cuidaré tu trasero si nos metemos en medio de otra guerra, como siempre he hecho. -Lo sé. Lo sé, Shiryu. Confío en ti -las palabras de Seiya tenían un deje de melancolía del que él mismo no era consciente. -En ese caso deja de preocuparte -le echó el brazo por el cuello y lo pegó a su cuerpo, caminando con él hacia la cabaña- Sabes que lograré estar preparado entrenemos o no esta noche, siempre encuentro la forma. -Es verdad. Seiya no quiso añadir que era él quien había dejado de sentirse preparado, dejarle ver lo alicaído que se sentía. Le estaba mintiendo a su mejor amigo, compañero de armas y amante; porque dijera lo que dijese, era él, Seiya, quien había perdido la confianza, con más contundencia que si hubiera perdido la vista. Pero no se atrevía a decírselo, no se lo diría nunca a pesar de la separación potencial que siempre pesaba sobre dos soldados como ellos lo eran. Todavía les quedaban algunas horas para disfrutar de la mutua compañía y ni tan siquiera la presencia de Shunrei y sus miradas celosas lograrían empañar el momento. Después, ya encontraría la forma de continuar hacia delante pues, como bien decía Shiryu, ahora que le había recuperado no podía permitirse el lujo de morir.
ooOOoo
Shiryu corrió hacia la cascada en el mismo momento en que sintió como se aproximaban a esta varios cosmos agresivos, enemigos sin duda. Shunrei habría ido allí a rezar como cada día y si la encontraban a ella no sabía lo que podrían hacerle para llegar hasta él. Unos pocos metros antes de llegar se detuvo entre las sombras con su propio cosmos todavía oculto, no podía presentarse ante ellos sudoroso y dando signos de evidente preocupación pues eso lo pondría en una situación de mayor desventaja. Desde donde estaba pudo comprobar lo acertados de sus temores, Shunrei exudaba miedo y dolor pero se negaba a desvelar el paradero del maestro y de él mismo. -Dejad en paz a Shunrei. –Caminó hacia la luz revelando su posición con paso seguro y actitud confiada- ¿No es a mí a quien estáis buscando? Dedujo por el sonido que hicieron los pies de ella al chocar contra el suelo que la había mantenido agarrada todo el tiempo y pudo corroborar la presencia de tres hombres al escuchar sus risas. -¿Quiénes sois? –Preguntó tratando de conservar la calma. -¿Tan pronto nos has olvidado? Algol de Perseo, Dante de Cerbero y Capella de Auriga se presentaron por turnos, reconociendo en los tres nombres a los caballeros de plata que venciese en el pasado. El Dragón se sobrecogió al entender que aquellos tres hombres no solo parecían haber vuelto milagrosamente a la vida sino que sus energías estaban completamente marchitas, las sentía malignas. -¿Qué os ha pasado? –Inquirió. -Hemos vuelto a la vida gracias al señor Hades. Fue la sorprendente respuesta, dejando al chino tan sorprendido por la revelación que ni tan siquiera hizo intento alguno por defenderse del ataque del caballero de Cerbero. Sin esperar a que se levantase, el mismo Dante le informó de sus intenciones, matarle a él y a su maestro en nombre del dios del inframundo. -¿Habéis sido vosotros la razón por la que su cosmos desapareciese? –Acusó. -No tenemos ni idea de donde se encuentra el viejo, –el caballero de Auriga tomó la palabra- pero tú vas a morir. -Los ataques de este y los de Algol le hicieron caer derrotado una vez más, sin dificultad, ignorando las súplicas de la muchacha; como el caballero caído en desgracia que se sentía. Tirado boca abajo en sobre el frío suelo de roca, el sonido de la cascada cubría cualquier otro, ensordeciéndole, brindándole la oportunidad de aislarse de lo que ocurría a su alrededor. Casi pudo sentir la voz de Seiya recriminándole su cobardía, su falta de apostura y hambre de victoria. ¿No era precisamente aquello de lo que Pegaso le hablase tan solo unos días atrás; la razón para que hubiese entrenado con mayor ahínco incluso? Si permanecía allí tirado, sin hacer nada más provechoso que lamentarse y llorar por su fortaleza perdida nada ni nadie podría asegurarle que Seiya no hiciese otro tanto en su propia batalla. El Dragón conocía de sobra al japonés y el lo que sintió en él cuando se despidieron fueron una desazón y aprensión tan grandes que nublaba todo lo demás. Seiya no mentía al decirle que no creía poder sobrevivir a una nueva guerra; le necesitaba a su lado, cuidando su espalda. No le quedaba más remedio que erguirse con orgullo y encender su cosmos tantas veces como fuese necesario y con tanta brío que cualquier defecto de su cuerpo empalideciese de inmediato. -¿Todavía puedes moverte? –El caballero de Perseo no daba crédito a sus ojos y sentidos al verle levantarse tan fácilmente tras haberse dejado golpear en tres ocasiones sin dar visos de poder detenerles. Ahora en cambio su aura reflejaba un poder mucho mayor al que poseyese en su primer enfrentamiento, un poder enorme que solo podía equipararse a… no, imposible, se negaba a creerlo. -Me niego a caer de esta forma –Espetó Shiryu una vez en pie- acabaré con los tres y seguiré el camino de mi maestro para reunirme con él. –Shunrei contuvo el aliento al escucharle hablar con tanta confianza, como el hombre fuerte que siempre fue. Cuando el enemigo le recordó el estado en que se encontraba él se mantuvo impasible- Ciego o no, acabaré con vosotros y cumpliré con mi deber. -¡Insolente! Los tres se lanzaron al ataque sobre él, convencidos de su potencia de ataque y obvia superioridad numérica. E incluso entonces Shiryu se mostró impasible, elevando cada vez más su energía. Tan solo esta reflejaba la ira del Dragón. -¿Acaso olvidáis que el cosmos arde con nuestro espíritu? –Esas pocas palabras fueron suficientes para liberarse de sus propios miedos, para recuperar sus creencias perdidas. Seiya tuvo razón todo el tiempo y él había sido demasiado orgulloso para aceptarlo y enfrentarse a ello plenamente. Hasta ahora.- ¡Que el Dragón Naciente acabe con vosotros! El ataque fue certero e implacable, lanzando a los tres espectros a varios metros de distancia con las armaduras y cuerpos íntegramente destrozados. Se acercó a ellos lentamente y tras cerrar los ojos de los caídos tomó sus cuerpos sin vida y los lanzó al vacío. Él nada podía hacer más que rogar para que el río limpiase todos sus pecados. Horrorizada por lo que acababa de hacer, Shunrei esperó un poco más antes de correr a su encuentro. -Shir… -No entiendo por qué el maestro desapareció de esta forma. –Reflexionó en voz alta, ignorando la presencia de ella. -Olvídate de él, no vayas en su busca. –Demandó. Se abrazó a él con fuerza, aferrándose a su cintura con el rostro hundido en el fuerte torso. Tenía miedo de verle partir sin que esta vez existiese retorno y toda la felicidad que sintió cuando las manos de Shiryu la sostuvieron por los brazos desapareció al retirarla de él. -No quiero que sigas esperándome –Sus palabras fueron recibidas como la peor de las sentencias por ella pero ni el sonido de sus rodillas estrellándose contra el suelo le hicieron arrepentirse - no sería justo –añadió. Ambos habían postergado durante demasiado tiempo ese momento. Shunrei por la esperanza de ser amada algún día; él por la necesidad de una mano cálida que sostuviese la suya es los momentos de dificultad, una mano de hermana pero no de amante. Ahora ya no podía dar marcha atrás, Shiryu se marchaba en busca de Seiya y ella sabía que descubrir el paradero de su maestro no era más que una excusa. Pero ni siquiera pudo odiarlo cuando la dejó allí sola mientras él iba tras el hombre que le arrancase las promesas de amor que siempre deseó; porque era a Seiya a quien él iba a proteger sin importarle nada más que una promesa hecha sin aliento bajo la lluvia. “Caminaré a tu lado, siempre”.
Envíale comentarios a la autora
|
saintsesa(arroba)gmail (punto)com
Derechos Reservados
2007-2008