Para Nande

Noche antes del final
Por Jay/Kamus y Sarayhim

 

 

Aries había llegado hacía unas pocas horas a su templo. Observó nostálgico el lugar. Había agradecido que ningún caballeros ser personara allí para comunicarle que el patriarca deseaba hablar con él.

Aquella persona, que regía el Santuario, no era la misma con la que solía hablar durante horas. Era malvada, codiciosa y mentirosa.

Salió con esos pensamientos a la entrada de su casa. Pensó que aquellas horas iban a ser decisivas.

De camino se encontraban cinco jóvenes llenos de vida y esperanza, junto a una niña que jamás tuvo que haber traspasado los muros, de aquel supuesto lugar sagrado.

Suspiró sentándose en las ruinosas escaleras, y se dijo que el Santuario había dejado de ser sagrado y seguro en cuanto su maestro murió y la reencarnación de Atenea desapareció.

Por mucho que el actual patriarca jurara, y perjurar, que la actual reencarnación de Atenea estaba en su aposento.

- Buenas tardes, Aldebarán.

No hacía falta que se girase para saber que el Caballero de Tauro se acercaba por su espalda. Conocía uno por uno los cosmos de los otros once Caballeros de Oro, diez… no debía olvidar que el de Sagitario, Aiolos, hermano de Aioria y Caballero de Leo, estaba muerta

Tauro se sentó junto a él, en silencio, sin devolverle el saludo.

No llevaba la armadura puesta, y eso, en cierto modo, lo tranquilizó. El día acababa y daba paso a la noche. Los últimos rayos de sol le proporcionaban un aro de preocupación al rostro serio del otro. Aries lo observó.

- Shaka quiere saber si estás seguro de lo que vas a hacer.

Shaka… Aries sonrió. Así que era eso lo que le preocupaba a Aldebarán. Borró la sonrisa y fijó la mirada al horizonte. ¡Claro que estaba seguro de su decisión!. No conocía a la joven que decían era la verdadera reencarnación de Atena, pero si a los chicos que le protegían. Aparte, estaban todos esos acontecimientos del pasado poco conocidos y que habían cambiado el curso de la historia de aquel lugar sagrado.

- Muy seguro, Aldebarán- suspiró hondamente- ya lo podrás comprobar por ti mismo cuando llegue la hora

- Estate seguro que así será.

Tauro, por primera vez que llegase al templo del Carnero Blanco, giró el rostro, para observar a Aries. Este también le miraba. Suspiró sonriendo. Aldebarán le devolvió la sonrisa y rió haciendo mover todo su cuerpo.

- Bueno- se levantó y miró al oscuro cielo- , esta noche ten cuidad, Mu- ser giró para marcharse- . No me fío de ciertas personas

Mu asintió. No hacía falta que Aldebarán le dijera aquello pero se lo agradeció de igual manera. Le alegraba  saber que no todos en el Santuario le tachaban de traidor, al conocer que había estado ayudando a los que se suponía, eran el enemigo

- Iré contigo- se tele trasportó a su lado-. Tengo que hablar con Shaka

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Rió con tanta intensidad que las carcajadas se expandieron por todo el cuarto templo. Las risas siguieron y se unieron terroríficamente con aquellas que el eco reproducía de forma casi demencial.

El hombre que reía de esta forma se hallaba de pie, en mitad de un gran charco de sangre. De hecho, todo él era sangre. A sus pies, un cuerpo que se convulsionaba violentamente. Como si estuviese siendo víctima de fuertes descargas eléctricas. Las risas continuaron hasta que el que estaba en el suelo paró en seco con son sus exagerados movimientos

- ¡Que mierda!- pateó con tal fuerza el cuerpo inerte, que lo hizo estrellarse contra la pared-. Cada vez duran menos…

El eco le regaló las últimas carcajadas y el Templo de Cáncer quedó en un silencio escalofriante. El Caballero del Cangrejo escupió sobre la sangre coagulada y se encaminó a sus aposentos privados, para lavarse. Al día siguiente la diversión seguiría. Nuevas carcajadas salían de su garganta. Si… aquellos mocosos tendrían su merecido. Y cuando acabara con ellos…

- Me encargaré de ti, Aries…- y volvió a reír.

Máscara de Muerte se detuvo a mitad de camino. Sentía que alguien se acercaba. Sonrió como un cazador furtivo que había olido a una nueva víctima. Pero la sonrisa se esfumó en cuanto el cosmos se hizo más presente. Quien llegaba era otro caballero de oro.

-¿Qué haces aquí, Tauro? – se preguntó andando rápidamente hacia el cuarto de baño y lavándose con igual rapidez-. ¿Qué demonios haces a estas horas?

Fue hacia su encuentro y le esperó apoyado en una columna. Aquella visita inesperada le contrariaba considerablemente. Ya era de noche y no era muy normal que aquel mastodonte de hombre se pusiera a dar una vuelta por las inmediaciones de las cosas de los demás. Y menos horas antes de una batalla. Justo cuando el caballero de la segunda casa estaba a punto de cruzársele, se interpuso en su camino.

-¿Un paseo, Aldebarán? – e preguntó sarcástico.

-¿Te importa? – le contestó el otro serio.

-Vas a pasar por mi templo… -dejó volar las palabras amenazadoramente.

-Cierto – Aldebarán cruzó los brazos sobre su pecho-. Voy camino a Virgo.

-Ya…

Algo le decía que no había trigo limpio en las palabras de Tauro.


Mu  había escondido su cosmos justo cuando dejaba su propio templo en compañía de Aldebarán. Si el resto notaban su presencia podría tener problemas y no deseaba tenerlos antes de que la batalla comenzase. Cruzaron Tauro y el abandonado templo de los Gemelos, Géminis. Un escalofrío le invadió y tuvo que hacer acopio de toda su voluntad para no hacerse notar. Había algo en aquel lugar que hacía que todos sus sentidos se pusieran en máxima alerta.

Observó de reojo al otro y supo, por la expresión de su rostro, que sentía lo mismo. Aquella reacción por parte de Tauro le hizo estar más tranquilo porque supo que, incluso dentro de la misma Orden de Atenea, había caballeros que no estaban tan seguros de los juramentos de aquel se que autodeclarada Patriarca y que escondía su rostro tras una diabólica máscara.

-Como los gemelos… -pensó cruzando la salida del Templo de Géminis-… Dos cara…

Su mente le fue a revelar algo cuando sintió el brazo de Aldebarán sobre su hombro. No hicieron falta las palabras para saber lo que quería decirle su amigo. Simplemente, asintió y esperó unos segundo para entrar tras él en el Templo del Cáncer.

Camus, Caballero de Acuario, guardián de la undécima casa del Zodíaco, observaba el vaivén de las llamas de las velas, las cuales danzaban en la mesa principal en el templo del Escorpión Celeste. Exactamente, no sabía el por qué se hallaba allí. Bueno, sí que lo sabía. La razón primordial era un rubio ruso llamado Hyoga y que era uno de los jóvenes que habían osado proclamar que la reencarnación de la diosa se encontraba con ellos en lugar de estar en sus aposentos en el templo del Patriarca. Y allí estaba él, mirando absorto las velas con el Caballero de Escorpio observándole, esperando a que se dignase a aclararle y le dijera por qué le había sacado de la cama a esas horas.

-Aries está aquí – dijo por fin.

-Lo sé – Milo, el Caballero de Escorpio, apoyó su cabeza sobre la mesa que los separaba-. Pero seguro que no me has despertado para darme una noticia que ya sabía.

-Cierto… -apartó de las velas la mirada-. Es otro asunto.

Milo guardó silencio. Una cosa que había aprendido de Acuario era ser paciente y que todo debía decirse con las palabras adecuadas y en el momento preciso. Sin embargo, él no era así y el silencio del otro, unido a las horas previas al combate y al sueño roto, no ayudaban a su ya, de por sí aireado, temperamento. Camus pareció adivinar la impaciencia en los ojos del Escorpión y le dedicó una áspera sonrisa.

-Debo pedirte un favor, Milo.

-Depende – respondió con rapidez.

-Es el Cisne – cerró los ojos-. Déjamelo a mí.

Milo sonrió sarcástico.

-Antes tiene que pasar por aquí – se echó hacia atrás en su asiento-. Eso si llegan…

-Tengo la impresión de que así será – suspiró y abrió los ojos para encontrarse con la oscuridad del techo-. Seguramente, Mü les arreglará las armaduras y les hablará del Séptimo Sentido.

-Y yo te digo, Camus – arrugó contrariado el ceño-, que si llegan… ¿te tengo que recordar quienes están en los templos? Antes de que puedan oler ni siquiera el Séptimo Sentido, Cáncer los habrá aniquilado. Y si no… -su sonrisa apareció de nuevo- tenemos a un león hambriento.

-¿Y si pasan Leo?

-Shaka.

Camus se quedó en silencio, meditando las palabras.

-Milo – se levantó para encaminarse hacia la salida- Sólo…
 
-Vale, vale – contestó apagando de un soplido las velas-. Es una promesa, amigo mío: no tocaré al chico hasta que no se enfrente a ti.

-Gracias, Milo

El Escorpión le vio marcharse.

-Ya…


Quinto Templo. Leo. Aioria. Si Mü había tenido una sensación de peligro en Géminis, allí se olía a la muerte y a la destrucción. Algo pasaba allí y no recordaba que Aioria fuese una mala persona. Algo, en un interior, le apremió para que dejara el sitio lo antes posible. Fue yendo hacia la salida con rapidez pero paró justo en la salida. Sonrió dándose la vuelta. Ante él se hallaba el guardián de la quinta casa zodiacal: Aioria de Leo.

-Vete… Mü… -le gruñó-. Márchate antes de que sea…

-Lo sé… -susurró corriendo fuera de su alcance.

Aioria, o lo que quedaba de lo que antes fuera, dejó caer su cuerpo sobre el suelo antes de lanzar un grito de agonía y dejar de ser la persona que un día fuese. La persona que se levantó de aquel pedroso lugar sonreía de forma maligna y, en su mente, sólo se reproducía una palabra: matar.


Shaka terminó de preparar el té de menta y canela y puso la tetera entre las dos tazas que había dispuesto en el jardín de los árboles de Sal. Su invitado estaba a punto de llegar y ansiaba hablar con él de muchos temas.

-Gracias por lo de Aioria.

-No hay nada qué agradecer, Mü de Aries.

Aquel hombre, custodio de la Casa de la Virgen, sonrió a Mü sin abrir los ojos. Decían que si los abriese, morirían todos aquellos que su vista alcanzase. Se le igualaba a un dios y aquello le producía risa.

-Tenemos mucho de lo que hablar  -Aries se sentó frente a él.

-Sí… -Shaka sirvió el té-. Y tenemos poco tiempo.


-Excalibur…

El joven portaba una espada imaginaria en su brazo y utilizó éste para blandirla como tal. Se escuchó un siseo al cortar el aire y la piedra que había delante de él quedó partida en dos partes exactamente iguales.

-Excalibur…

Otro movimiento y la piedra se convirtió en polvo. Así quedarían esos que osaban mancillar el nombre de la diosa y el buen honor del Santuario. Él, Shura, Caballero de Capricornio, custodio de la décima casa, los aplastaría, los haría desaparecer con un solo movimiento. Para él, aquel lugar era todo lo que tenía y ninguna niñata malcriada vendría a destrozar su hogar, su familia, por el capricho de ser más importante. En cuanto a ésos que decían ser sus caballeros….

-¡EXCALIBUR!

Su cosmos iluminó el templo e hizo retumbar las columnas. Cuando la luz dorada se apaciguó, pudo ver la grieta que había hecho con su furia. Se tumbó en el suelo y observó las estrellas tintineantes en el cielo. Las envidió lo suficiente como para sentirse culpable. Tenía una misión y la cumpliría aunque le fuese la vida en ello. Alzó el brazo, donde dormía ahora Excalibur, hacia el firmamento.

-Soy la Justicia – sonrió con tristeza y quiso coger una estrella-, ¿verdad, Aiolos?


Se había quedado dormido en el agua y ésta se había enfriado. Despertó con un sobresalto y se golpeó en el brazo. Maldijo saliendo de la bañera y se cubrió el cuerpo desnudo con una toalla. Miró por la ventana, hacia la décima casa, y frunció el ceño contrariado. Shura debería tranquilizarse de otra manera. Desvió la mirada hacia el espejo empañado y lo limpió con la mano. Observándose ahora en él, pensó que incluso deformado por el agua que seguía en el espejo, era más hermoso que cualquiera dentro del Santuario.

-¿Quién dijo que la belleza está reñida con el poder? – rió mientras se cepillaba el pelo-. Yo soy hermoso, soy el más bello, soy el único que puede compararse con la más bella de las diosas, Afrodita – dejó caer la toalla y observó su cuerpo-. Y soy fuerte, poderoso… -rió con fuertes carcajadas- ¡Mirad si lo soy que tuve que ayudar al poderoso Escorpión!

Las carcajadas sonaron más altas y paró cuando el dolor sustituyó a la gracia. Se tumbó en la cama, aún desnudo. Debía dormir. Esos  niñatos  llegarían al día siguiente con la niña que decía que era Atenea. Para él como si lo fuera en realidad. Le daba igual. Él siempre estaría de parte del más fuerte porque era el bando que más le podía dar sin pedir casi nada a cambio. ¿Fidelidad? ¿Honor?

Las mentiras más piadosas del mundo.

 

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