Para Hyocam

Sorbos de Hidromiel.

Por Danly

 

Syd había conocido a las hermanas Frida y Haldana en sus últimos años de adolescencia. Las jóvenes pertenecían a una familia noble y parecían sentir simpatía hacia él ya que siempre que se encontraban se acercaban y entablaban conversación.

Esa noche, por supuesto, no fue la excepción. Syd había asistido a una fiesta y tan pronto Haldana lo vio susurró algo al oído de su hermana y las dos se acercaron sonriendo.

-Buenas noches, Syd – saludaron amigablemente. Hacía ya tiempo habían decidido dejar las cortesías a un lado y tratarse como amigos íntimos.

Syd regresó el saludo mientras las miraba entretenido. No eran gemelas, pero realmente parecían. Frida era un año mayor que Haldana pero la mínima diferencia de edades parecía inexistente. Las dos tenían un bello rostro y largos cabellos rubios. Él nunca poseyó el mismo interés alocado por el sexo opuesto que otros hombres de su edad, pero debía admitir que las hermanas eran una delicia para los ojos.

-… no te parece?

Syd parpadeó y notó que no había estado prestando atención a lo que Frida decía. La muchacha no parecía contenta con esto y su hermana trataba de contener una risa.

¿Era sólo él o Haldana se veía pálida?

-Discúlpame – finalmente dijo sabiendo que había sido descubierto - ¿Serías tan amable en repetir lo que habías dicho?

Frida lanzó un hondo suspiro pero volvió a decir lo mismo que había dicho momentos atrás. Los tres conversaron por un rato hasta que Frida miró preocupada a su hermana.

-Te estás sintiendo peor – no era una pregunta, era una afirmación.

Haldana sólo bajó la cabeza.

-¿Pasa algo? – preguntó Syd preocupado.

-Mi hermana no ha estado sintiéndose bien estos últimos días. Sin embargo hoy pareció amanecer mejor y, aún si yo no estuve de acuerdo, insistió en venir.

Haldana se veía aún más pálida y ahora  parecía tener dificultades para respirar.

-El doctor Koll está presente hoy. Voy a buscarlo

Syd encontró al médico rápidamente quien pidió una habitación en donde Haldana pudiera descansar sola. Frida se veía muy preocupada.

-Esa hermana mía… - murmuró.

-Esto debe ser doloroso tanto para ella como para ti – comentó Syd.

-Sonará ridículo, – Frida cerró los ojos antes de proseguir – pero puedo sentir su dolor. A veces no sé si lo que siento lo estoy sintiendo realmente yo o lo está sintiendo ella.

Syd permaneció en silencio. Él sabía que tuvo un gemelo y se preguntó si hubiese ocurrido lo mismo con él si su hermano no hubiese muerto. ¿Estaría confundido también al no saber si una sensación, si un sentimiento era suyo o no? Algo así debía ser definitivamente extraño.

-Si a Haldana le pasa algo… - Frida no terminó pero Syd sabía perfectamente que la joven no soportaría el dolor que le causaría la muerte de su hermana.

Una vez más Syd no pudo evitar pensar en algo que siempre estuvo en su mente: pudo haber sido él. Su hermano había muerto pero los destinos de ambos pudieron haber sido distintos.

Él pudo haber muerto.

Se sintió mal por pensar esto, por de alguna forma alegrarse de que su hermano haya sido a quien sacrificaron.

-Haldana… - Syd miró a la mujer que se encontraba a su lado – Ella vino porque quería verte.

Ninguno de los dos volvió a decir nada por el resto de la noche.

 

oOoOo

 

Si bien no eran amigos, Syd debía admitir que la persona que más le agradaba en el palacio era Sigfried. Quizá esto se debía al simple hecho de que el hombre parecía realmente honesto y honorable.

Cierta noche lo vio llamando la atención a un guardia que había quedado dormido. Syd sonrió ante esta escena.

-Creo que es nuevo y aún no está acostumbrado a esto – comentó.

Sigfried lo miró por unos segundos antes de hablar.

-Entonces debería acostumbrarse pronto.

Syd rió y luego contestó con cierta amargura.

-Claro, debería pensar en los demás.

Ante estas palabras y el tono con el que fueron dichas, Sigfried levantó una ceja.

-Perdón – Syd se apresuró a decir – Es sólo que me preguntaba qué tanto de cierto hay en eso de que debemos vivir para otros.

-Creo que ya vivimos suficiente para nosotros por lo que debemos pensar qué hacer para otros. El simple hecho de respirar nos muestra que estamos haciendo algo para nosotros.

Syd miró a su acompañante un buen rato, no pudiendo creer que estuviera diciendo algo que podía catalogarse incluso como absurdo.

-Si no respiráramos, moriríamos – finalmente dijo.

-¿Y cuál es la diferencia entre una persona que respira y no hace nada por los demás y una que no respira?

Syd pensaba cómo responder pero Sigfried continuó.

-Si un hombre decide casarse debe estar consciente que debe cuidar a su nueva familia. Es decir, debe hacer algo por otras personas.

-Pero en ese caso es algo que él decidió. ¿Qué pasa cuando uno debe hacer algo que le ha sido impuesto?

Sigfried lo miró con detenimiento pero Syd no se dejó intimidar. Luego de su charla con Frida no pudo evitar pensar qué tanto de lo que hacía era por voluntad propia. ¿Cuáles eran realmente sus pensamientos y cuáles eran los pensamientos de otros? Desde que era pequeño había sido criado con una idea en mente de lo que debía hacer, y hasta el momento él nunca se cuestionó si lo que hacía era lo que realmente deseaba lo que otros esperaban que hiciera.

-¿Tienes dudas con respecto a tus lealtades? – preguntó Sigfried con un tono serio y seco.

Syd agachó la cabeza.

-Es sólo un poco incómodo no saber cuáles son tus propias ideas, tus pensamientos.

Durante un tiempo ninguno dijo nada. Sigfried rompió el silencio.

-Cuando lees un libro estás leyendo las ideas de otra persona, los pensamientos de otra persona. Pero la opinión que tengas al final es tuya. Si crees que el libro fue bueno, si estás de acuerdo con el mensaje que trata de transmitir… eso depende de lo que pienses.

-Pero en ese caso aún puedes elegir.

En algunas cosas uno no tenía alternativa. Uno no decidía nacer con un hermano gemelo. Sigfried sin embargo pareció no escucharlo.

-Pero la conclusión que saques está influenciada por lo que has aprendido, por los conocimientos que tenías antes. Y lo que has aprendido, si bien puede parecer una verdad universal, son ideas de otras personas. Tú simplemente las aceptas como las correctas y luego sacas tus conclusiones.

Sigfried se detuvo, cerró los ojos y prosiguió.

-Es imposible que todos nuestros pensamientos nos pertenezcan.

Syd pensó en esto por unos instantes antes de asentir. Era verdad que su vida parecía haber sido elegida por otros, pero él siempre pensó que lo que hacía era lo correcto. Nunca se le cruzó por la mente hacer algo diferente. Claro, eso podía ser porque nunca realmente tuvo una opción, pero nunca se había sentido completamente vacío, por lo que suponía que dudar a estas alturas era tonto.

Cuando miró a Sigfried le pareció que el hombre sonreía. Esto era algo extraño porque Sigfried no estaba sonriendo.

 

oOoOo

 

Syd pronto descubrió que la compañía de Sigfried era sumamente agradable. El hombre tenía ideas interesantes, las cuales defendía con fervor pero respetando las ideas de otros.

Los encuentros de ambos se hicieron cada vez más comunes y en muchas ocasiones Syd se sorprendía a sí mismo deseando casi desesperadamente volver a verlo. A pesar de que los dos se llevaban sumamente bien, no podía evitar sentirse extrañamente nervioso ante la presencia del otro.

Sigfried se volvió una adicción para él, prácticamente monopolizando sus pensamientos. Pero Syd sólo notó qué tan lejos realmente iban las cosas una noche cuando se encontraban bebiendo juntos.

Sigfried había llevado una copa de vino a sus labios y Syd, al ver esto, no pudo evitar sentir un fuerte deseo de… no estaba seguro al comienzo, y pensó que lo que deseaba era la bebida. Pero luego de beber de su propia copa se dio cuenta de que su deseo no había sido saciado. Miró los labios de Sigfried y supo qué era aquello que realmente quería saborear.

 

oOoOo

 

Syd siempre supo que Hilda y Sigfried tenían una relación muy estrecha. Y esto era normal, Sigfried era el guerrero más fuerte y confiable.

A pesar de saber todo esto, Syd sintió un profundo dolor en el pecho al verlos juntos en el jardín, caminando y charlando alegremente. Corría el rumor de que ambos eran amantes y si bien sólo era un rumor, al verlos así uno no podía evitar pensar que era la verdad.

Durante dos semanas, Syd evitó quedar a solas con Sigfried. Siempre usaba la excusa de estar muy ocupado, de tener cosas importantes que hacer.

Hasta que llegó el día del gran banquete en el Palacio de Valhalla.

Syd invitó a Haldana dejando a la muchacha sorprendida: era la primera vez que ocurría algo así. Antes solamente habían coincidido en algunos acontecimientos sociales, nunca habían ido juntos. Y la invitación era solamente para Haldana, no para Frida.

Durante todo el banquete, Syd no se separó de su acompañante y cada vez que podía dirigía su mirada a Sigfried, esperando algún tipo de reacción. Pero su decepción fue grande al darse cuenta que el hombre no parecía afectado en lo absoluto.

Al terminar el banquete se sintió incómodo ya que tenía la impresión de sólo haber usado a la muchacha. Al despedirse de ella le pidió disculpas, aunque sin decir por qué. Haldana pareció al principio sorprendida, luego triste. Finalmente sonrió ligeramente y le aseguró que todo estaba bien.

La noche siguiente Sigfried se acercó a él.

-Ayer estuviste acompañado por una mujer realmente encantadora.

Era tonto pero Syd sintió una gran satisfacción al oír esto.

-Haldana es una mujer muy amable y hermosa. Creo que cualquier hombre se sentiría feliz de tenerla a su lado.

Sigfried pareció tenso por un momento, pero pronto recuperó la compostura.

-Deberías considerarte muy afortunado entonces.

Syd sentía que estaba ganando y perdiendo a la vez.

-Sí, pero no soy el único. Tú también deberías sentirte afortunado por tener el honor de pasear por los jardines con una dama tan magnífica.

Los ojos de Sigfried se abrieron repentinamente. Syd se preguntó si sus palabras sonaban tan amargas como él las escuchaba.

-Esperaba incluso verte más cerca de ella durante el banquete, – continuó – pero supongo que…

Lo que sea que iba a decir fue interrumpido cuando Sigfried tomó sus hombros y besó sus labios. Syd se quedó inmóvil, sin comprender lo que ocurría, hasta que finalmente se separaron. Sigfried sonrió ligeramente y lo miró como si supiera algo que nadie más sabía. Syd se preguntó qué era aquel secreto que el otro conocía pero le restó toda importancia al darse cuenta de lo que acabó de ocurrir.

Sigfried le había besado. En los labios.

Quizá debía decir algo, preguntarle por qué hizo tal cosa. Quizá debían aclarar qué exactamente había ocurrido, qué sentía el uno por el otro. Quizá debían hablar sobre sus sentimientos, sobre la relación que tenían.

Pero al final Syd sólo consiguió tomar los hombros de Sigfried y besar sus labios.

 

oOoOo

 

En algunas ocasiones Syd no sabía si lo que estaba sintiendo era algo que realmente él sentía, o si era lo que Sigfried sentía. Después de todo, cuando ambos gemían y se retorcían entre las sábanas, era difícil saber si el placer era suyo o el de su amante. O el de ambos.

Cuando estaban tan cerca, sudor mezclándose y latidos de corazón cada vez más acelerados, era difícil saber dónde uno acababa y el otro empezaba.   

Y realmente no importaba trazar la línea divisoria porque la verdad era que compartir sentimientos y sensaciones de una forma tan estrecha era algo extraño pero maravilloso.

Y cuando terminaban Syd recordaba que pudo haber sido él, que años atrás él pudo haber sido el gemelo elegido para ser sacrificado. Entonces cerraba los ojos y sentía la presencia de Sigfried a su lado y recordaba, más que nunca, que no fue él.

 

 

 

Regresar