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Para Didio Lo que no sabes. Por Ariadne.
Mu le miraba con cierta rabia a la vez que con dolor. Aún no podía comprender el por qué todo había sucedido de la manera en que lo había hecho y menos el desenlace de la guerra. Sabía muy bien que eran Santos consagrados a Atena, que no había esperanza de supervivencia en caso de una guerra sagrada como la que se vivió en contra de Hades, y aún así…mantenía vivo en su interior un halo de esperanza que seguramente tampoco sobreviviría mucho. Al caer al infierno al que Radamantis le envió cuando tuvieron su enfrentamiento en el Castillo de Hades, Mu se encontró con aquellos otros Santos. Los que habían muerto antes y los que acababan de hacerlo, unos a su lado, Milo y Aioria y aquél a quién él mismo hubiera atacado. Shaka. Era por eso que su mirada dejaba entrever lo que estaba pasando por su alma. Milo, conociendo un poco a Mu y viviendo como él la pérdida ante el juez de Hades, se le acercó y le llevó a una esquina del lugar donde ellos estaban. Shura, Saga y Camus pedían perdón de nuevo por lo que habían hecho, por la mentira, mientras que Aioria les aseguraba que no había pasado nada. Máscara de la Muerte y Afrodita les veían desde lo lejos, demasiado avergonzados no sólo por lo que hubieran hecho en vida, si no también por lo que hicieron en su muerte. Y entre todos ellos, seguía estando Shaka. “Vas a matarlos a todos con la mirada, Mu.” Milo le decía con tono un tanto burlón, quizás, tratando de calmarlo, Mu no lo sabía en realidad, pero de alguna manera lo agradecía. Al menos eso le hacía olvidarse por unos instantes de lo que estaba ocurriendo. “Mejor respira y tranquilízate.” Mu hizo caso a regañadientes y se llevó la mano al rostro, frotándolo. Estaba extenuado por la guerra, por la rabia y el saber que no habían hecho mucho por Atena. Mu respiró profundamente, buscando acompasar su respiración y controlar su cosmos. “Esto no está ayudando, Milo.” “Lo sé, Mu; pero es lo que podemos hacer estando aquí.” Para la desgracia de Mu, Milo estaba en lo correcto. Ahora se encontraban en el mundo de los muertos y sólo sabían lo que estaba ocurriendo por el cosmos. Los cinco de bronces estaban luchando por poder llegar donde Atena y en parte el remordimiento por no haber hecho más y la vergüenza por la batalla contra Radamantis empezaban a atormentarlo. “Si sigues pensando en eso, todo habrá sido en vano, amigo mío.” Cuando Milo terminó de hablar y puso su mano sobre el hombro de Mu, éste asintió. “Mejor le haces caso a Milo.” La voz de Shaka retumbó en sus oídos y Mu tuvo que reconocer que él era el resto de su malestar y de no querer estar en ese lugar en ese preciso instante. Los demás Santos parecían continuar sus conversaciones y Mu vio cómo Milo se alejaba de dónde ellos estaban y se dirigía a Afrodita y Máscara de la Muerte, seguramente seguiría tratando de ser conciliador y les confortaría a ellos también. Mu sonrió débilmente. “¿Eso serviría de algo?” Mu levantó la mirada lo suficiente como para observar a Shaka con detenimiento y que éste hiciera lo mismo. Shaka no respondió y se sentó en frente suyo, imitando la pose de piernas abiertas y brazos apoyados en las rodillas que Mu tenía. “Era lo que debía pasar.” Finalmente Shaka habló y Mu meneó su cabeza negando sus palabras, a lo que Shaka reaccionó tomándolo por los brazos para bajar sus manos hasta sus muñecas y obligarlo a que le mirara. “Era lo que debía pasar, Mu.” Shaka repitió sus palabras y Mu le miró a los ojos. “No.” “Deja de luchar contra ello, Mu.” “No tenía que pasar así.” Mu mantuvo la mirada firme en los ojos abiertos de Shaka y éste pareció comprender lo que las palabras del otro escondían. Habían pasado muchas cosas entre ellos desde el momento en que la Batalla en el Santuario había terminado y la Guerra contra Hades había comenzado. Se habían acercado como nunca antes hubiera podido ser siquiera imaginado y esa cercanía había hecho que afloraran sentimientos aún no expresados entre ellos. “Mu…” Shaka comenzó a hablar de nuevo. Aún no le había soltado por lo que el calor del cosmos de Virgo acarició el de Mu y éste no supo cómo responder ante ello. Sin importar lo que había ocurrido, él, junto con Milo y Aioria no habían podido evitar el daño causado por los otros tres. Y Mu se culpaba por la suerte que había corrido Shaka; poderoso y a la vez indefenso ante tres de sus compañeros y la Exclamación de Atena. “Shaka, no sigas, por favor.” Esta vez, Aries puso sus manos sobre las de Shaka y le instó a quedarse en silencio. Era lo mejor, se decía. De esa manera quizás él podría encontrar que algo tuviera sentido. Cerró los ojos y dejó caer su cabeza sobre sus manos y las de Shaka y allí se quedó unos minutos. Shaka le observó con detenimiento y luego se agachó de manera que Mu pudiera escucharle. “Lo que no sabes Mu…es que lo que siento por ti es real. Que me encantaba cada mañana poder despertar a tu lado, ya fuera en tu templo o en el mío. Que ahora hubiera deseado poder vivir lo que viví a tu lado antes de que todo esto ocurriera, cuando el tiempo aún era real y nuestras vidas aún eran nuestras…” Mu se tensó al escucharle, pero no abrió los ojos ni respondió a lo que Shaka estaba diciendo. Las palabras sobraban. Los sentimientos eran los mismos, él simplemente les sentía vivos a medida que Shaka podía darles voz. Sin embargo, la realidad alrededor suyo era igual de real y no podían ni por un segundo olvidarse de ella. “…Pero nuestras vidas son de Atena y es por ella que luchamos, ¿verdad Mu?” Shaka continuó hablando y al escucharle, Mu asintió. “Es por eso que de nada sirve lamentarnos por lo que ha ocurrido. Estamos ahora en el mundo de los muertos y es desde aquí que encontraremos una manera de hacer que esos muchachos lleguen a Atena y la salven, porque ahora es ella quien importa. Nosotros ya hemos muerto…” “Y con nosotros, muere quienes éramos.” Al interrumpirle, Mu se separó lo suficiente para mirar a Shaka a los ojos y soltar sus manos. “Es hora.” Mu se levantó y le dio la mano a Shaka para que se levantara y caminar con él hacía los demás Santos quienes les recibieron en silencio. Milo le sonrió a Mu y éste le respondió. La rabia y el dolor habían desaparecido de los ojos de Mu, según Milo pudo notar y eso por lo pronto, estaba bien. Siempre era mejor ir a la batalla con la mente clara y el alma mínimamente tranquila. Después de todo, era hora del último sacrificio.
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