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Para Danly Tonada. Por Kamus
El llanto del bebe era fuerte y sonoro. Sus extraños ojos brillaban con intensidad y su madre lo miraba aterrada. Era un castigo de los dioses, ese niño no podía ser normal. La comadrona lo arrulló con una manta y lo sostuvo en sus brazos, una mirada de desprecio de la madre lo alejó de su hogar, y de una vida que jamás conocería La misma mujer, tuvo meses después otro hijo. Digno heredero de la familia y futuro guerrero a las órdenes del Dios Odín. Pero esta historia es la del pequeño de ojos extraños… los cuales brillando como rojos rubíes observaban el lugar por donde la anciana comadrona lo llevaba. Su intención era entregarlo a una joven sirvienta de la casa de Polaris, el niño estaría bien cuidado y no padecería ningún mal La joven sirvienta recogió al bebe con una sonrisa y se despidió de la comadrona mientras metía al niño en su minúsculo dormitorio. El pequeño creció sin muchos problemas. Había varios niños en el castillo que tenían más o menos su edad y también las princesas Hilda y Flare. Mime no tardó en destacar en las artes de la música, y el soberano de Asegard le pidió a la madre que permitiese al niño aprender a tocar algún instrumento. Sería una buena forma de ganarse la vida y él mismo le daría un puesto en el castillo como bardo de sus hijas La sirvienta no dudo en aceptar la propuesta de su señor. El niño podría tener los privilegios que se le robaron al ser rechazado por su verdadera familia Sus menudas manos se movían por las cuerdas de la lira que le habían entregado. Los ojos cerrados mientras sentía la música recorrer su cuerpo. Estaba siendo observado por las princesas y por los guerrero de estas, ni siquiera sabía que uno de ellos era su hermano Las miradas de todos los presentes estaban puestas en aquel pequeño artista, como sus dedos parecían una prolongación del instrumento, como se sonrojaba con las notas que emanaban de su lira… era algo mágico Y el chico parecía estar sumergido en un mundo distinto al que había a su alrededor. Escucharle era olvidar cualquier mal, cualquier dolor. Como si los mismos dioses cantasen para calmar las almas de los guerreros. Aún así su música no evitó la cruenta batalla que se libró en las tierras de los hielos perpetuos. Hilda había desencadenado el caos al enfrentarse contra la diosa griega de la guerra. Y uno por uno cada uno de sus guerreros fue cayendo. Aquellos con los que Mime había jugado de niño, a los que había alegrado con su música, todos. Las piernas del joven flaquearon, y cayó de rodillas al suelo. El dolor era insoportable. Por un lado aquellos a quienes quería, guerreros que habían entrenado duro para ser vencidos con aquella facilidad. Por otro, el deber a su señora. Hilda, que parecía poseída por algún extraño demonio que la había trasformado por completo en alguien que no conocía. Observaba con tristeza como la joven señora ordenaba a sus guerreros, a sus amigos, que se entregasen a la muerte en una batalla perdida La tierra helada de Asegard se lleno de la sangre vertida por los jóvenes que incluso sabiendo que aquello no estaba bien defendieron a su señora hasta el final. Duros y tristes fueron los días sucesivos, cuando se descubrió que todo había sido un engaño. Mime paseaba triste por los jardines de palacio, su lira ya no sonaba para nadie. Su voz se había apagado. Y tan solo se escuchaba el llanto de Hilda que se culpaba de todo. Flare fue, quien con aplomo habló con Mime y le pidió que cantase, que tocase. Que alegrase a su hermana de nuevo, Había sido un error pero los dioses la habían perdonado. La tierra de Asegard se había salvado al final, y los hielos no habían acabado con el resto del mundo. Todo seguía como antes, pero más solitario. Mime asintió, también la rubia había perdido a su mejor amigo en aquella guerra, y aún así procuraba sonreír por el resto. El arpista se sentó bajo la ventana del dormitorio de Hilda y comenzó a tocar con suavidad. La música se metió por todos y cada uno de los rincones del frío palacio. Los pasillos hicieron eco de la dulce tonada y perdieron parte de su oscuridad, como si con aquella música quisieran recuperar las risas que se habían perdido. Fue como si la magia hiciese que todo cambiase. Los salones se llenaron de lámparas encendidas. De damas y caballeros bailando. Hilda salió de su dormitorio todavía con el llanto marcado en sus mejillas al escuchar la risa de Sigfried. Y estaba allí, allí mismo tendiéndole la mano y sacándola a bailar. Igual que bailaban Hagen y Flare. Hasta Fenril estaba allí con Jinx, dando saltos de lado a lado de la pista de baile. Hilda dejó de llorar, todos estaba allí, de nuevo a su lado. Y la música, oh, la música era grandiosa. Era como si un coro de ángeles tocase la lira. - Dulce Mime… me has devuelto lo que más quería… - su voz sonó llena de alegría La de Mime sin embargo sonaba con amargura, porque por cada deseo que cumplía sin darse cuenta de la dulce señora Hilda el perdía los suyos, perdía algo de vida. Aun así no dejó de cantar, no dejó de tocar. El no era un guerrero, no lo sería jamás. Su baja estirpe no le permitía poseer una sagrada armadura. Pero poseía algo mas valioso. Su amor, y lo estaba entregando todo para devolver la vida al palacio del Valhala. Para traer de vuelta a sus amigos. Que más daba si luego nadie se acordaba de él. Al fin y al cabo. Solo era el simple hijo de una sirvienta. Que tuvo la suerte de caer en gracia al padre de las dos princesas y aprendió a tocar la lira. Cuando su voz se apagó, las luces del palacio brillaban como nunca. Y la fiesta… estaba llena de vida.
Varios días habían pasado desde entonces. Y Mime no había vuelto a cantar, ni siquiera a hablar. Se alejaba de todos pensando que no querían estar a su lado. Pero no era así. Había alguien que le amaba en silencio, que sufría por el repentino cambio en el precioso rubio. Gracias a él estaban vivos de nuevo y ahora… era infeliz. No podía tolerarlo. Ni su honor como caballero, ni su amistad con el joven músico lo permitían. Y mucho menos, los sentimientos que cada vez sentía más fuertes hacía él. Se acercó a él en el jardín, mientras paseaba con una triste sonrisa en los labios acariciando las flores que soportaban el intenso frío. Lo observó con detenimiento. Era hermoso, frágil… sonrió con malicia y sería suyo. -Hola Mime- sonó la voz del guerrero de Megrez justo tras el rubio. Este se sorprendió y dio un salto hacía atrás abrazándose a su lira, al reconocer al pelirrojo sonrió levemente y se acercó de nuevo a él Los labios de Alberich se abrieron sensualmente para pasar la lengua por ellos - ¿Tocarías algo para mi?- le pregunto de nuevo con voz suave El rubio negó rotundamente, se llevo varios dedos a los labios y suspiró. En señal de que ya no tenía voz Pero Alberich no se quedaría así. Su voz volvió a sonar de nuevo, esta vez cargada de malicia, pero el rubio, en su inocencia. No se dio cuenta - Yo se como hacer que recuperes la voz Mime…- le acaricio la garganta con suavidad- tan solo necesito algo a cambio.- no le dejó ni siquiera alejarse, ni quejarse- además. Sabes que si no cantas, Hilda se entristece El rubio miro con pesar a su amigo, entregarle algo…si él no tenía nada… - Es tu deber para con el reino de Asegard precioso Mime- sonrió de forma maléfica mientras lo aprisionaba contra un seto- a cambio de decirte como recuperar tu voz… deseo hacerte el amor Mime no quería entristecer a Hilda, no quería que todo volviese a ser oscuro y apagado. Deseaba tener a sus amigos con él. Siguió al caballero hasta su cabaña en el bosque de Amatistas y se dejo tumbar sobre un lecho con sábanas tan rojas como las piedras preciosas que rodeaban el lugar. No sentía miedo, realmente deseaba que Hilda fuese feliz. Que todos lo fuesen y si tan solo necesitaba aquello para recuperar la voz. Era más fácil de lo pensado. Se estremeció al ser desnudado, nadie le había visto así salvo su madre, sus mejillas se tornaron tan rojizas como el cabello del hombre que estaba sobre él. Alberich no podía creer aquello, tan fácil, tan dulce. Y el chico no lloraba ni estaba triste, todo lo contrario, su sonrisa le reconfortaba. Decidió ser suave, si aquello ocurría quería que fuese especial para ambos Recorrió el níveo cuerpo con las manos, después con los labios y la lengua. Lo marco como suyo. Y realmente deseó que su voz volviese tras aquello. No quería que el chico notase el engaño - Mime… me gustas mucho- musitó mientras se acomodaba entre sus piernas y lo penetraba con suma delicadeza El rubio lanzó un gemido ahogado y sus manos se aferraron a la fuerte espalda del guerrero. Su boca buscó el cuello de Megrez y besó este con intensidad. El dolor y el placer se unieron en uno solo Fue el turno del pelirrojo para gemir. Ser correspondido era más de lo esperado
Sus cuerpos amanecieron entrelazados, sudorosos y cubiertos por las finas sábanas rojas de la cama de Alberich. El pelirrojo acarició los cabellos de su dulce arpista. Y cuando los ojos de Mime se abrieron sonreían con dulzura - Te quiero… La voz de Mime sonó, para dar el mayor de los regalos al pícaro guerrero que queriendo aprovechar la situación, había conseguido más de lo esperado - Canta para mi- contestó con suavidad Y por las ventanas de palacio, llegó, aunque lejana, la voz del arpista que les había devuelto la ilusión a todos. Hilda, sonreía feliz. - Mi buen y dulce Mime.
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