|
Para Ariadne Esas palabras. Por Aither
Un pequeño regalo en estas fechas llenas de magia para una mágica amiga. Ariadne, que pases unas fiestas maravillosas en compañía de tus seres queridos.
Sus manos, firmes y gentiles, revolvieron sus verdes cabellos una vez más, antes de continuar su descenso por el cuello para terminar denotando la silueta de su espalda. Sus manos, esas manos que tanto le estremecían cada vez que lo tocaban, subieron una vez más hasta que se posaron sobre sus hombros al mismo tiempo que el movimiento en sus caderas se intensificaba significativamente. Las manos del dragón nórdico comenzaron nuevamente su recorrido a través de la anatomía del tigre vikingo, esta vez acariciando suavemente con la punta de sus dedos el camino de sus brazos, hasta llegar a sus manos donde entrelazó las propias en un dulce gesto. Syd sonrió en medio de su placer ante tal gesto, pues para que Sigfried lograra alcanzar sus manos había tenido que descender al grado de descansar su bien formado pecho sobre su espalda. El cálido aliento del guerrero de alpha chocó contra su oído generando una descarga de placer por todo su cuerpo. Syd no pudo contenerse más y comenzó a mover sus propias caderas en un intento por ayudar a su compañero de armas. Sigfried entendió este gesto y aumentó la intensidad de las embestidas en el punto que los unía en un intento por consumar el acto. Syd se aferraba con placer a las manos del guerrero. Y entonces sucedió lo que Syd tanto había esperado, los labios de Sigfried, que descansaban en algún punto sobre su espalda, se habían acercado hasta su oído. Y ahí, lentamente, como si disfrutaran la tortura que la espera representaba para el dios guerrero, atravesaron el espacio que las separaba del oído del vikingo para posarse en su corazón. La velada al fin estaba completa ahora que Sigfried había murmurado aquello que Syd tanto ansiaba escuchar. Esas palabras…
-¡Syd!, ¡Syd! El tigre vikingo escuchó su nombre en la voz del ser amado, y se permitió a sí mismo disfrutar esa agradable sensación sin comprender del todo la situación en la que se encontraba. El llamado llegó nuevamente, lo que logró que Syd abriera uno de sus ojos antes de siquiera percatarse que había estado dormido. Se apresuró a vestirse antes de dirigirse a la entrada de su antigua casa familiar para atender el llamado. Al abrir, la amable sonrisa de Sigfried lo llenó de una cálida sensación que podría derretir los hielos eternos de Asegard. Syd sonrió para sí mismo, era obvio que nada podría derretir las gélidas tierras de Asegard. (1) -Syd, buenos días –saludó el legendario guerrero con su formalidad habitual. -Buenos días. -Lamento molestarte tan temprano, ¿te he despertado? -En lo absoluto –mintió Syd. – ¿En qué puedo ayudarte, amigo? -Hace tiempo que no vienes al palacio, sólo quería saber como estabas. Antes de que Syd se diera cuenta ya habían comenzado a caminar y ahora conversaban animadamente. Sus pasos los habían llevado a internarse en alguno de los bosques cercanos hasta alcanzar un desolado claro. -¿Te apetece entrenar conmigo un rato? –preguntó Sigfried examinando el terreno, quizá sintiéndose culpable por haber abandonado sus obligaciones en palacio, pero renuente aún a separarse de su amigo. -Claro –respondió el futuro guerrero de Zeta y poco tiempo después comenzó el amistoso combate. Syd no podía controlar la dicha que sentía ante la cercanía de Sigfried. No le gustaba sentirla, no quería sentirla y sin embargo no podía hacer nada para evitarla de la misma manera que no había podido evitar que su corazón se acelerara esa misma mañana cuando lo vio esperándolo frente a su puerta. Una punzada atravesó su vientre, una sensación de dolor tan poderosa que lo arrojó algunos metros hacia atrás. Al parecer se había sumergido demasiado en sus propios pensamientos, cosa peligrosa de hacer en medio de un combate, incluso tratándose de uno amistoso. -¡Syd! ¿Estás bien? –Se disculpó Sigfried corriendo hacia él, extendiendo una mano para ayudarlo a incorporarse. – Lo lamento, estaba seguro que lo detendrías. - No ha sido nada –respondió Syd con una sonrisa a la vez que tomaba la mano que Sigfried le ofrecía. Era tan amable y su sonrisa tan cálida. Syd no necesitaba preguntarse porque se sentía tan atraído por este joven apasionado que pasaba sus días perfeccionando sus técnicas de combate para poder algún día proteger Asegard. Siempre había sido así, desde el momento que lo conoció. La mente de Syd volvió a arrastrarlo fuera de la realidad sin que él pudiera -si es que en realidad lo deseaba- evitarlo. Recordó aquella mañana cuando sus padres lo habían llevado al Valhalla a conocer a las princesas que algún día regirían esa tierra de héroes y leyendas. En palacio, conoció a las princesas, Hilda y Flare, al igual que a los dos muchachos que les servían de escolta, un joven rubio de piel trigueña llamado Hagen y uno alto de pálida tez llamado Sigfried. Juntos salieron a recorrer la ciudad mientras los padres de Syd discutían importantes asuntos con los regentes. Syd estaba sorprendido por la lealtad y entrega que los cuatro desbordaban hacia Asegard, el amor que irradiaban hacia aquellas gélidas tierras que pocas veces veía la luz del Sol. Syd no se sentía avergonzado de su tierra, mucho menos la odiaba, pero al estar frente a las princesas tuvo la sensación de que el amor que le profesaba era vano y superficial. Syd se sintió algo avergonzado. Deseaba hacer más, al igual que las princesas que se cultivaban para poder regir el país lo mejor posible (habían mencionado algo sobre un tutor privado, un tal Alberich XII); al igual que los dos jóvenes que ya entrenaban todos los días para poder protegerlo. Sumido estaba en esos pensamientos, recorriendo calles y plazas cuando un niño de cabellos naranjas, apenas más joven que ellos, apareció corriendo con los ojos cegados por las lágrimas. Hagen distraído chocó contra él apenas llegar a una intersección y rápidamente lo reconoció como Mime, el hijo del legendario héroe Folken. Syd no le hubiese dado mayor importancia al asunto si no fuese por los gritos de las princesas y fue entonces que reparó en que las vestiduras del recién llegado estaban empapadas por sangre. “Maté a mi padre” –fue lo único que pudo responder entre sollozos después de que Hagen le preguntara por tercera vez qué era lo que había sucedido. Esta declaración alarmó a las princesas, quienes corrieron a buscar a algún guardia, Hagen las siguió inmediatamente, no sin antes dirigirle una mirada de reproche al hábil arpista. Mime intentó escapar al saber que las autoridades venían, pero Sigfried, quien se había limitado a observar la escena sin intervenir de ninguna forma, le detuvo del brazo. El futuro guerrero de Eta se giró y comenzó a golpearlo en un vano intento por escapar, pero lo que hizo Sigfried lo dejó completamente desarmado. Lo abrazó, y le dijo que todo estaría bien. Mime pareció olvidar el peligro en el que se encontraba y se aferró a él dejando escapar, en el llanto más amargo que Syd escuchara jamás, todo el dolor que sentía. Así los encontraron los guardias y les permitieron permanecer en ese lugar mientras confirmaban la muerte de Folken. Una vez de regreso, Sigfried no pudo evitar que se llevaran al niño a prisión, pero jamás se separó de él. Sigfried hizo algo que nadie más se tomó la molestia de hacer, escuchó a Mime. Y de esta forma comprendió su situación, su dolor y arrepentimiento, y con este conocimiento intercedió ante el mismo rey a favor del arpista. De no haber sido por él, Mime hubiese sido ejecutado. Al final se decidió que se respetaría la voluntad más preciada del guerrero Folken, y Mime seguiría su entrenamiento como dios guerrero, ahora en palacio. Pagaría con una vida de servicio las ofensas hechas contra Asegard. Todos, especialmente las princesas, aprendieron mucho de Sigfried aquel día. Una importante lección sobre compasión y humanidad. Pero más allá de todo esto, Syd quedó completamente maravillado por el corazón puro y gentil del paladín más grande de Asegard, y deseó ser como él. Ese día, en el que el corazón de Syd fue reclamado por un dios guerrero, el tigre vikingo decidió convertirse en uno. Tan perdido estaba en sus recuerdos que Syd no notó que sus pasos, pues habían retomado la caminata después del golpe que Sigfried le diera, los habían llevado a las puertas del palacio Valhalla. Seguía su conversación con Sigfried cuando las puertas se abrieron y una hermosa mujer de azules caballos salía montada en un caballo blanco. -Sigfried –saludó la mujer con una sonrisa – Syd, que sorpresa tan agradable el que vengas a palacio. Syd regresó el saludo, no sin dejar de notar la sonrisa que Sigfried le dirigía a la representante de Odin en la Tierra, la misma sonrisa gentil que le dirigía a todo mundo, pero acompañada por un extraño brillo en los ojos. Y Syd supo, como supo desde que su corazón había sido flechado por aquél joven fuerte que había perdonado a un niño confundido, que el corazón de Sigfried le pertenecía a alguien más, y que jamás le serían dirigidas… esas palabras.
Notas del Autor
(1) Siguiendo la línea temporal establecida por la serie de anime, esta historia se desarrolla antes de que obtengan sus armaduras y peleen contra el Santuario (aunque por fines meramente narrativos me he permitido dirigirme a ellos según la armadura que los protege)
|